Jesus Cabeza, Experto en Inteligencia Emocional y Competencias Socioemocionales
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DESEO, AFRONTAMIENTO Y EMOCIONES
La complejidad de la vida humana en la actualidad es notoria, y además es el propio hombre el que experimenta mucha dificultad para armonizar las diferentes actividades de su vida, -en este sentido, la importancia de la Inteligencia Emocional es muy alta-. Dicha dificultad ha sido representada con la imagen del hombre dividido, roto por dentro, íntimamente infeliz.
A continuación expondré dos párrafos un tanto filosóficos que me servirán para luego realizar los enlaces con la IE.
Según Aristóteles, en el hombre no sólo hay praxis, actividad inmanente que posee en sí misma su fin, sino que también es órexis, es decir, desea alcanzar la felicidad. Este deseo u órexis no está determinado, en cada caso o situación concreta, y es por esto que el hombre tiene que recurrir a su inteligencia. De esta manera se unifica en la vida práctica la razón humana con la órexis. La razón práctica se aplica a los medios y la tendencia se extiende hasta un fin último en cuyo logro reside la felicidad. El acierto en la vida práctica es muy difícil, afirma Aristóteles, porque hay muchas maneras de equivocarse. También, según Aristóteles, la inteligencia es capaz de ejecutar hábitos virtuosos adquiridos, -esto nos recuerda a la capacidad del individuo de aprender IE, defendida por Goleman y otros-, para asegurar el acierto en la vida; y se obtienen no por la repetición de actos, sino a través de la enseñanza.
Así pues, la vida práctica es susceptible de ser impregnada de la racionalidad humana; la virtud es garantía de coherencia, de unidad, ya que permite acertar con el justo medio en cada situación o circunstancia. La primera de las virtudes es la prudencia, por la cual se eligen los medios más adecuados en atención al mejor fin. La deliberación, bóulesis, es una fase que antecede a la elección en la que entra en juego la libertad moral. A la decisión sigue la acción práctica, que los medievales llamaron uso activo de la voluntad.
Quizás la Inteligencia Emocional pueda ser considerada como una virtud; en el sentido de que aspectos como la autoconciencia y autogestión de los sentimientos propios y el reconocimiento de los sentimientos de los demás, junto con la empatía, nos permiten tomar decisiones más acertadas en la vida real. Un buen desarrollo de la Inteligencia Emocional, por otro lado, acaba aumentando la sensación de bienestar y de felicidad, que es a lo que, sin duda, tiende todo ser humano. Además, al aigual que los hábitos virtuosos que nombra Aristóteles se pueden adquirir, la Inteligencia Emocional se puede aprender mediante la Educación Emocional.
Aristóteles sostiene la unidad entre las virtudes. Por tanto más que de virtudes aisladas se debe hablar de vida virtuosa, (o de vida inteligente emocionalmente, diría Goleman). Así, no son obstáculos las diversas vicisitudes de la vida, que pueden amenazar con romperla, porque según Aristóteles, el hombre virtuoso sabe aprovecharlas para crecer en la virtud, y evitar su propia desintegración. En definitiva, para Aristóteles, y para Goleman, entre otros, la vida virtuosa y/o emocionalmente inteligente hacen posible la felicidad.
La felicidad; normas y emociones.
Si entendemos la educación como, el proceso de “socializar” en una cultura, para adquirir destrezas y valores que nos lleven a la felicidad, al buen vivir, es importante partir de las necesidades intrínsecas al ser humano.
El ser humano nace con un conjunto de necesidades básicas que son: alimentación, descanso y protección suficiente, estimulación sensorial, interacción afectiva, social y sexual, exploración, conocimiento y control del medio.
Para el ser humano, es importante, el bienestar físico, psicológico, económico…
Necesitamos, por un lado, vinculación social, afecto, sentimientos de pertenencia al grupo y, por otro lado, sentir control sobre el mundo que nos rodea, explorarlo, sentir que podemos cambiar las cosas, perfeccionarlas, sentir que podemos crear.
La psicología demuestra estos tres grandes motivos en el ser humano (Seligman, 2003): el placer, la vinculación, y la superación
Los filósofos han reflexionado siempre sobre los motores del hombre. Aristóteles, San Agustín, Santo Tomás, entre otros, plantean que el hombre tiene dos facultades: Noûs (inteligencia) y Órexis (deseo).
Veamos el siguiente gráfico:

A continuación desarrollo el concepto de este diagrama tomando como ejemplo el desarrollo del ser humano desde su nacimiento:
Las emociones están presentes en el niño desde el nacimiento y son imprescindibles para su interacción con el entorno. Existe una base innata en el reconocimiento y en la expresión de las emociones, como descubrió Darwin, y recientes investigaciones sobre las emociones lo han confirmado (Ekman, 2004). El recién nacido es capaz de captar afectivamente lo que objetivamente le resulta indescifrable. El bebé viene al mundo preparado para comunicarse a través del llanto y la sonrisa. Percibe el mundo a través de las sensaciones y está preparado para: expresar emociones que irán siendo cada vez más complejas a medida que el niño se desarrolla, percibir las emociones del otro y, responder de forma coherente a las manifestaciones emocionales de los otros.
Las emociones serán guía de su comportamiento (y guía, también, para los padres de cómo se encuentran sus hijos y de lo que necesitan), motor de su comportamiento y aportarán el valor de los eventos. El comportamiento emocional de los padres y cómo respondan a las emociones de sus hijos ejercerá una gran influencia en el aprendizaje de las emociones. La madre es la gran mediadora entre el niño y su circunstancia, lo que supone, que unas veces será un canal de comunicación con el mundo exterior y otras una defensa contra un ambiente que considere peligroso. “En estas largas y silenciosas conversaciones entre la madre y el bebé, la madre está introduciendo los cambios de humor del niño, le enseña cómo sentir, cuándo sentir y si hay que sentir algo sobre los objetos particulares del entorno. Los niños intentan ajustar los sentimientos a los que observan en su madre como si ella fuese la definitiva intérprete de la realidad en un proceso de regulación mutua a partir del llanto y la sonrisa” (Marina, 2004). El entorno social de la primera infancia recibido a través de la madre, que es la gran mediadora, influye directamente en la evolución de las estructuras cerebrales responsables del futuro emocional del niño.
El establecimiento de un apego seguro facilitará soportar la incertidumbre y determinará que una persona esté o no alarmada por una situación potencialmente alarmante. El tipo de apego determinará la confianza o falta de confianza en que la figura de apego esté disponible aunque no esté realmente presente. Estas relaciones tempranas crean expectativas sobre las relaciones con los demás. Según se han portado con nosotros así esperaremos de los demás. Algunos autores afirman que influye en las representaciones que creamos de nosotros mismos y de los demás, en la autonomía (Bowlby, 1998).
A medida que el niño crece ocurre un salto cualitativo en su desarrollo: el pensamiento simbólico y la aparición del lenguaje. El niño adquiere conciencia del mundo y conciencia de sí mismo. Esto permitirá el desarrollo de la empatía, la aparición de emociones más complejas y el desarrollo de los procesos de autorregulación. La adquisición del lenguaje le abre al niño la puerta para controlar su propia conducta pero este control siempre viene desde fuera para posteriormente interiorizarse (Vigotsky, 1973). El niño que aprende a obedecer normas de su madre, acaba poniéndose normas a sí mismo. La autonomía consiste en darnos órdenes inteligentes a nosotros mismos y cumplirlas a pesar de que las emociones nos puedan llevar en un sentido contrario. Es en este momento, cuando se plantea el conflicto entre el placer y el deber, dejarnos llevar por la emoción o por la razón. Los valores están a medio camino entre ambas cosas. A través de una adecuada educación emocional, unida a la implantación de límites y normas, podemos enseñar a los niños a sentirse bien siendo generosos, responsables, trabajadores, etc. sin que ello suponga un gran esfuerzo. Pero cuando esto falla (no siempre la obligación puede ser agradable) es importante enseñar a los niños a autorregularse: pararse a pensar sobre lo que les pasa, a valorar las consecuencias, tomarse un tiempo para decidir y anticipar ventajas a largo plazo. Deberes y deseos tienen que situarse en un equilibrio que faciliten la felicidad personal y la felicidad colectiva.
El Afrontamiento…
....."Arte de vivir en paz con aquello que no puedas cambiar"
"Tener coraje para cambiar aquello que pueda ser cambiado"
"Sabiduría para conocer diferencias, entre lo que se puede y no se puede cambiar"......
Goicochea, C., (1952).
El afrontamiento forma parte de los recursos psicológicos de cualquier individuo, y es una de las variables personales declaradas como participantes en los niveles de calidad de vida percibida, a la cual se atribuye un gran valor e importancia en las investigaciones sobre la calidad de vida y el bienestar psicológico.
Los procesos de afrontamiento han sido estudiados por varios autores como son Lazarus et, Al., (1986, 1993), Font, A. (1990), Hernández, E. (1996), y otros, en su relación con la calidad de vida, y es uno de los conceptos más en boga en la investigación psicológica actual.
Afrontamiento es cualquier actividad que el individuo puede poner en marcha, tanto de tipo cognitivo como de tipo conductual, con el fin de enfrentarse a una determinada situación. Por lo tanto, los recursos de afrontamiento del individuo están formados por todos aquellos pensamientos, reinterpretaciones, conductas, etc., que el individuo puede desarrollar para tratar de conseguir los mejores resultados posibles en una determinada situación.
Ante una situación estresante, o cuando el individuo reacciona con una determinada emoción, es posible adoptar distintos tipos de afrontamientos. Por ejemplo, una clasificación muy simple de tipos de afrontamientos sería:
- afrontamiento activo
- afrontamiento pasivo
- evitación
Otra clasificación básica podría ser:
- afrontamiento cognitivo
- afrontamiento conductual
Finalmente, otra clasificación importante que se suele cruzar con la anterior es:
- afrontamiento dirigido a cambiar la situación
- afrontamiento dirigido a reducir la emoción
El afrontamiento ha sido definido por Lazarus y Launier (1978), como "los esfuerzos intrapsíquicos y orientados a la acción (cognitivos y afectivos), en aras de manejar demandas internas y ambientales que ponen a prueba o exceden los recursos personales, al ser valorados como excesivos por el individuo en relación con los recursos de que dispone o cree disponer" (Font, 1990).
En la actualidad, lo primordial en el análisis del afrontamiento es la descripción de lo que piensa y hace el individuo cuando realiza esfuerzos dirigidos a afrontar, y su vínculo con las emociones que experimenta el sujeto en un determinado contexto. (Lazarus 1993).
Se plantea que el afrontamiento es un término tanto coloquial como científico, y que aún existe falta de coherencia en cuanto a teorías, investigaciones y comprensión del tema. (Lazarus y Folkman, 1986; Buendia, J., 1999; López Martínez, 1999; Fierro, 1999).
El afrontamiento ha sido tradicionalmente estudiado en su relación con el estrés y la enfermedad, considerada esta última como un evento estresante. Pero Lazarus y Folkman (1986) reconocen el valor que tiene el afrontamiento no solo en el contexto salud-enfermedad, sino también dentro de otros contextos como son la familia y el trabajo, y por ello demandan su estudio en estos ámbitos.
Desde el punto de vista metodológico, esto adquiere un significado importante en los estudios realizados pues permite estudiar el fenómeno como afrontamiento actual y no rememorado (Buendia, J. 1999), ante situaciones de la vida cotidiana y en la adquisición de aspiraciones y logros, aspecto común tanto en personas sanas como enfermas, en su lucha por mantener proyectos de vida.
Hay que tener en cuenta también, que el afrontamiento es reconocido por varios autores como uno de los procesos utilizados por el individuo para manipular la relación individuo–entorno y, a la vez, es considerado como el proceso más organizado y maduro del yo, al ubicarlo en una escala jerárquica con otros recursos reguladores (Menninger, 1963; Haan 1969, 1977; Vaillant, 1977; Cit. Por Lazarus 1986).
No obstante, Lazarus y Folkman, (1986) plantean que afrontar no es equivalente a tener éxito, y piensan que tanto el afrontamiento como las defensas deben verse como algo que pueden funcionar bien o mal en determinadas personas, contextos u ocasiones.
RELACIÓN ENTRE AFRONTAMIENTO Y PERSONALIDAD
Lo concerniente a la relación entre personalidad y afrontamiento, es una de las cuestiones debatidas en la actualidad. Así, por ejemplo, Lazarus es uno de los autores que considera estos dos aspectos de forma independientes, y plantea que "el afrontamiento hace referencia a un proceso mutable o inestable a lo largo del día, y de las distintas situaciones vitales, y la personalidad debía ocuparse de elementos invariantes y dimensiones de funcionamiento humano". (Lazarus, cit por Buendía, 1999:146).
Lazarus y Folkman (1986) distinguen dos tipos de afrontamiento: los orientados a la solución de problemas y los orientados a la regulación de la emoción.
Varios investigadores relacionan el afrontamiento y la calidad de vida, entre ellos, Lazarus, et al (1984, 1986, 1993), Moos. et. al (1982), A. Font, (1990), por citar algunos ejemplos. Al respecto se plantea que determinadas estrategias ayudan a experimentar una mejor calidad de vida o son las más adecuadas para determinadas situaciones; postulado apoyado por algunas investigaciones (A., Font, 1990; E., Hernández, 1996).
El afrontamiento está específicamente enlazado con la clase de emoción que el sujeto experimenta en un determinado contexto, y ella dependerá de los valores, las metas y las creencias con las que los individuos se hallan comprometidos.
Al relacionar el afrontamiento con cualidades de la personalidad, se dice que la motivación para afrontar es el aspecto más importante de la relación.
La expresión Estrategias de afrontamiento hace referencia a los esfuerzos, mediante conducta manifiesta o interna, para hacer frente a las demandas internas y ambientales, y los conflictos entre ellas, que exceden los recursos de la persona. Estos procesos entran en funcionamiento en todos aquellos casos en que se desequilibra la transacción individuo-ambiente. Se trata de un término propio de la psicología y especialmente vinculado al estrés.
Cuando las demandas que exigen a un organismo, atentan con desequilibrarlo, este organismo pone en marcha una serie de conductas, que pueden ser manifiestas o encubiertas, destinadas a restablecer el equilibrio en su transacción con el ambiente o, cuando menos, a reducir el desequilibrio percibido y las consecuencias negativas que de él derivan.
Así, cuando una persona se enfrenta a una situación que le puede producir estrés o ansiedad pone en marcha las estrategias de afrontamiento, que son de carácter intencional y deliberado.
Dentro de la psicología cognitiva y centrándonos en el ser humano, se puede hablar de dos formas de entender el afrontamiento:
- Como un estilo cognitivo consistente de aproximación a los problemas, entendiendo estilo cognitivo como el modo habitual de procesar la información y de utilizar los recursos cognitivos (como son la percepción, la memoria, el procesamiento...) Se ha buscado la asociación de diversas variables de personalidad con estilos de afrontamiento.
- Como un estado o proceso dependiente de la situación. Se analizan las estrategias o acciones llevadas a cabo por una persona ante las distintas situaciones o problemas. Esta segunda forma de entender las estrategias de afrontamiento indicaría que hay poca consistencia en las estrategias ante distintas situaciones e, incluso, puede cambiarse de estrategia ante un mismo problema en dos momentos temporales distintos.
Existen dos tipos de estrategias de afrontamiento:
- Estrategias de afrontamiento centradas en el problema: la persona se centra en hacer frente a la situación, buscando soluciones al problema que ha provocado la disonancia cognitiva. hay una búsqueda deliberada de solución, de recomposición del equilibrio, roto por la presencia de la situación estresante. Este tipo de estrategias son la confrontación, la búsqueda de apoyo social y la búsqueda de soluciones.
- Estrategias de afrontamiento centradas en la emoción: la persona busca la regulación de las consecuencias emocionales activadas por la presencia de la situación estresante. Si no funcionan o son insuficientes el primer tipo de estrategias, se pretende aminorar el impacto sobre el individuo. Las estrategias son el autocontrol, el distanciamiento, la reevaluación positiva, la autoinculpación y el escape-evitación.
El término estrategias de afrontamiento (coping strategies) fue definido por Lazarus y Folkman (1986, p. 164) como: "…esfuerzos cognitivos y conductuales constantemente cambiantes, desarrollados para manejar las demandas específicas externas y/o internas, que son evaluadas como excedentes o desbordantes de los recursos del individuo..."
Varios teóricos del afrontamiento (Carver et al., 1989; Lazarus y Folkman, 1986; Moos, 1988; Moos y Billing, 1982; Páez Rovira, 1993) concuerdan en clasificar tres dominios generales de las estrategias, según estén dirigidas a:
1.- La valoración (afrontamiento cognitivo): es un intento de encontrar significado al suceso y valorarlo de tal forma que resulte menos desagradable.
2.- El problema (afrontamiento conductual): es la conducta dirigida a confrontar la realidad, manejando sus consecuencias.
3.- La emoción (afrontamiento emocional): es la regulación de los aspectos emocionales y el intento de mantener el equilibrio afectivo.
En la siguiente tabla se presenta una clasificación de las estrategias de afrontamiento. Algunas estrategias son consideradas beneficiosas en un uso moderado pero pueden convertirse en perjudiciales si su uso es exclusivo.

Para terminar, las funciones del afrontamiento suelen definirse en relación a aquello que se pretende controlar. Mechanic (1974) habla de tres funciones: afrontar las demandas sociales y el entorno, crear el grado de motivación necesario para tales demandas y mantener el equilibrio psicológico para poder dirigir la energía y los recursos a las demandas externas. Pearlin y Schooler (1978) hablan de función de control situacional y cambio de circunstancias externas, función de control de significados (antes de que el estrés se produzca) y función del control del estrés en sí mismo (cuando éste ya ha aparecido).
En el modelo cognitivo del estrés de Lazarus (1984), un evento es considerado estresante cuando la persona percibe la potencial peligrosidad del mismo para su bienestar. Ante circunstancias estresantes, algunas personas reaccionan disminuyendo su rendimiento o presentando afectos negativos, mientras otras resisten exitosamente al mismo.
Por último, y como referencia práctica, para identificar las estrategias de afrontamiento utilizadas para sobrellevar el estrés del desarrollo en la adolescencia, Frydenberg y Lewis diseñaron un cuestionario de afrontamiento, la Adolescent Coping Scale (ACS) (1991). Según los autores, la escala brinda información acerca de 18 estrategias que se agrupan en tres estilos básicos: dirigido a la resolución del problema, en relación con los demás e improductivo. Pereña y Seisdedos (1997) realizaron la versión española de esta escala.
En conclusión, estas líneas han pretendido ser una reflexión sobre deseos, afrontamientos, emociones y su importancia vital en el bienestar personal.