La teoría de las ventanas rotas.
DAVID HERNÁNDEZ,
director de You, Coach!
david@newsyoucoach.com
Esta ley me impactó nada más conocerla. Se trata de un clásico dentro de la Psicología Soicial. y habla sobre el contagio de las conductas delictivas entre las personas. En un experimento desarrollado por Philip Zambardo en la Universidad de Standford en el año 1969 dejaba abandonado dos coches idénticos en diferentes zonas de Estados Unidos. En el Bronx ( Nueva York) y en Palo Alto (California). Al cabo de pocos minutos el coche del Bronx aparecia roto, con desperfectos, mientras que el de Palo Alto seguía tal y como lo habían dejado. Hasta aquí era fácil la interpretación: la pobreza genera delincuencia. Sin embargo, si rompíamos un cristal en el coche de Palo Alto, a los pocos días aparecían señales delictivas y el coche presentaba daños importantes.
La explicación ahora cambia, las señales de “dejadez”, “permisividad” y de “todo vale”, generan una sensación de impunidad y parecen incitar a cometer actos delictivos. La dejadez genera una visión de descuido y de desmotivación hacia conductas menos “automáticas”.
Llevada al plano personal, una persona que se siente mal con su peso, puede dejar de gustarse y de “sacarse partido”. Así por ejemplo dejará de cuidarse (primero dejará de comprar ropa favorecedora, por ejemplo) y su estado de desmotivación será un añadido mas a la situación que atraviesa. Es posible que descuide su higiene personal y de esta forma complete un ciclo o un patrón de paulatina dejadez.
El efecto “dejadez” cobra su vertiente más dramático en los malos tratos: primero son las subconductas que se pasan por alto ( escena de celos, violencia verbal, etc.) y que contienen el germen del desprecio. Que se desarrolle en una conducta o dimensión mayor es cuestión de tiempo.
Un ejemplo de estudio de esta teoría lo encontramos en el metro de Nueva York. La suciedad de los vagones, graffitis y demás conformaban un espacio de “no cuidado”. Se registraban a diario numerosos incidentes. Se planteó entonces revertir la estructura metálica del interior de los vagones con una pintura sobre la que no se pudiera escribir y tal y como era de esperar todo cambio.
Esto nos hace considerar la importancia del entorno como efecto motivador o desmotivador de nuestra conducta. Si tengo ganas de planificarme y tener la mente clara y enfocada a mi objetivo, visualizar el despacho sin ordenar, la mesa con una pila de papeles y otras visiones análogas puede romper un estado mental deseado.
Cuidemos nuestro entorno, porque en cierta medida nos favorece en tendencias hacia la excelencia o la dejadez. La permisividad es altamente contagiosa.
Papeles victimistas
Mª Fernanda Ocón Galmés, psicóloga y alumna de la Certificación Internacional Experto en Coaching.
Mafe_ga@hotmail.com
Cuando aún somos pequeños, la responsabilidad de estar bien es de aquellos que nos cuidan ya sean nuestros padres, abuelos, u otras personas encargadas para ello. Con el paso de los años, vamos ganando autonomía y ese compromiso de facilitar nuestro bienestar, principalmente, ya no le corresponde a aquellos de nuestros primeros años, sino que empieza a recaer y a aumentar su dimensión en nosotros mismos. Hasta ahí todo parece claro, pero la dificultad comienza cuando como personas ya adultas, obviamos esa tarea propia y, de una forma consciente y yo señalaría que en la mayoría inconsciente, hacemos a otros responsables de nuestra felicidad.
En este entorno, es frecuente encontrarnos con personas que no hacen más que quejarse de sus circunstancias, de las cosas que les pasan, de las personas que les rodean, etc. Se sienten damnificados y repiten de forma recurrente un patrón victimista de comportamiento que se refleja, entre otras, en la frustración, en la ausencia de decisiones, la inacción, en la admisión y desarrollo de un rol de sufridor, etc. En definitiva, en un montón de energía desperdiciada que no conduce a ninguna parte.
Si las personas que adoptan un papel victimista en lugar de revivir una y otra vez su situación, y de una forma u otra reforzarse en este papel, se parasen a pensar que pueden hacer al respecto ¿No sería mucho más productivo? Seguramente sí, ¡Claro! pero hay que decir que también sería más incómodo. Quejarse y no hacer es más fácil que pensar y hacer.
Es curioso, cuando una persona se siente insatisfecha, normalmente tiende a cambiar las condiciones físicas o externas que rodean su vida, desde su lugar de residencia, a lugar de trabajo, amistades, etc. En un primer momento esto puede parecer una buena solución, y la idea que late de forma subyacente en sus cabezas es “un entorno diferente, puede traer muchas cosas buenas”. Con el paso del tiempo, ese entorno, más o menos atractivo ya no lo es tanto y los “problemas o malestares” que hicieron tomar esa decisión de cambio, por lo general vuelven a aparecer. Apareciendo otra vez esa victima que se dice así misma, “que mala suerte tengo”.
Cambiar de entorno no es nada malo, pero si no hay un cambio o desarrollo personal propio, de nada sirve cambiar el escenario, habremos gastado nuestros recursos y energías en vano.
Reflexionar sobre los pensamientos, actitudes y comportamientos que se están llevando a cabo, así como acciones posibles a cambiar, a emprender para salir de donde actualmente se esté, son buenas alternativas para dejar de jugar a un papel victimista y desarrollar uno más sano y beneficioso para nuestra vida.
Revisa tu guión.
FRANCISCA I. HERNÁNDEZ Psicóloga - Coach- Formadora.
paca.hernandez@gmail.com
A lo largo de nuestra vida, por influencia de la educación, las experiencias en el contexto familiar, los acontecimientos y modelos que adoptamos, vamos conformando una visión de la vida y una forma específica de percibir nuestra propia existencia. Esto, que en principio puede resultar reconfortante por permitirnos ir en una dirección concreta, puede resultar limitante y llevarnos a repetir los mismos comportamientos y estilos de afrontamiento inadecuados.
¿Quién no ha experimentado en un proceso de coaching el hecho de que, en las intervenciones del cliente, se percibe claramente la existencia de un GUION DE VIDA al que está haciendo lo posible por dar validez?
La necesidad de ruptura de un GUION DE VIDA limitante –por ejemplo- un guión de perdedor o de no ganador- es una de las motivaciones más frecuentes que llevan a una persona a acudir a un COACH.
Aunque, según ERIC BERNE, “el guión de vida lo establece el niño durante la infancia”, una vez adulto existen dos posibilidades:
-decidir no cambiar y mantenerse fiel a su guión inicial para toda su vida
-o construir, modificar y reescribir ese guión, lo que se convierte en posible desde el momento en que el COACHEE toma la decisión.
Esto ocurre, como dice ALEX ROVIRA, “cuando no nos sentimos identificados con el personaje asignado en el mismo”.
Una de las ideas que pueden potenciar la voluntad de generar cambios es el deseo de “escribir nuestra propia historia”, de hacer un “cambio de guión”. Si somos capaces de que el COACHEE se convenza de ser él mismo el nuevo guionista, ya tenemos un camino importante recorrido en el proceso.
En mi experiencia personal como COACH, una de las ideas recurrentes y prioritarias que intento transmitir es la de “ASUME LA DIRECCIÓN DE TU PROPIA VIDA”. No vale la excusa de experiencias grabadas, autoengaños, creencias limitantes o atribuciones tipo “lo que debes hacer o debes ser”.
Los guiones pueden ser modificados… ¿y tú, REVISAS TU GUION?
Sobre el punto de inflexión en el que nos encontramos.
JAVIER MARTÍN HERNÁNDEZ, Estudiante de Administración y Dirección de Empresas
javier87martin@hotmail.com
Nos encontramos en una época de incertidumbre. Llevamos años ya intentando escapar de una crisis económica que parece que nunca termina. Junto a ella, una crisis social con una gran cantidad de políticos corruptos en nuestro país, por fin nos hemos dado cuenta y tenemos la certeza de cómo las grandes potencias manipulan constantemente a la opinión pública gracias al caso de Wikileaks, todo ello sumado al desempleo y el desasosiego general de la sociedad española.
Nos encontramos en una época crítica pero necesaria. Al igual que en nuestras vidas cuando pasamos por crisis internas que nos hacen replantearnos todo nuestro pasado, presente y futuro y donde nuestras entrañas se ahogan cada vez más, el colectivo social también cuenta con este mecanismo de rejuvenecimiento para desarrollar nuevos pensamientos y proyectos hacia una calidad de vida mejor.
Sin embargo, la sociedad se encuentra en el momento perfecto para enseñar a las generaciones futuras cuál es el camino para conseguir el éxito. Posiblemente ese impulso que necesita nuestro país para pasar de ser el tercer mundo de los países desarrollados a ser la cabeza principal de un colectivo. Ese impulso que ha marcado una generación de deportistas extraordinarios y excepcionales, comenzando por la selección española de fútbol, reciente ganadora del mundial, pasando por Pau Gasol, ganador de dos anillos de la NBA, Rafa Nadal, número 1 de la ATP, y otros muchos deportistas más que han diseñado el futuro que debemos seguir.
Ellos nos han enseñado que el secreto del éxito, es el caminar cautelosamente y no dar una victoria por conseguida hasta el final, respetando desde la humildad a todos los rivales y consiguiendo día a día con esfuerzo, dedicación y trabajo, ser cada día mejores. En un país donde se busca el dinero rápido y fácil y el éxito banal, es muy probable que esto haya provocado un estremecimiento y una vuelta de tuerca que va más allá de ser un simple concepto deportivo, sino más que todo eso, una ley de vida para ser exitoso.
Nos podemos sentir orgullosos de que los pequeños tengan hoy en mente como referencia de personas a las que idolatrar a deportistas como Andrés Iniesta, Xavi Hernández, Pedrito Rodríguez o Rafa Nadal. Son posiblemente ese punto de inflexión y ese movimiento socio-deportivo que tras unas décadas repercutirá notablemente en una modificación social con la ayuda de todos nosotros y de los padres, para que sus hijos con ansias de seguir un estereotipo para ser alguien importante en la vida se fijen en ellos.
El deporte es una actividad sumamente importante durante la infancia y la pre-adolescencia para desarrollar una personalidad y unos criterios de esfuerzo, sacrificio, y competitividad limpia. Es muy difícil que hubiéramos encontrado estandartes mejores que los que tenemos actualmente para desarrollar la sociedad futura desde la base.
¿Ese de ahí soy yo?
MOISÉS BERMÚDEZ HERNÁNDEZ, Estudiante de Psicología.
moixfile@hotmail.com
Una tarde de esas de domingo, aburridas, algo tristes y con bastante pocas estimulaciones del ambiente, me encontraba observando fotos en una de las paginas, tan de moda ahora sobre “redes sociales”…me llamó la atención comprobar cómo cada vez que aparecía una nueva instantánea mis ojos, acudían como movidos de forma automática en mi búsqueda, una vez me encontraban, en mi mente surgían preguntas que hacían evaluaciones sobre mi persona; ¿me favorece esa foto? ¿Realmente ven los demás así mi pelo? ¿Qué pensarían mis padres de mí al verme en esa fiesta rodeado de mis amigos?...y así muchas más, todas ellas en busca de una respuesta que tanteara mi estado real.
Este tipo de situación que suele darse muy a menudo, está en gran parte ligada a la identidad. Ésta habla sobre el “ser” y reside su importancia en que para una inmensa mayoría de nosotros es vital para enraizarnos, alcanzar estabilidad y un sentido en nuestras vidas.
Una cosa tan “aparentemente compleja” como la identidad no es algo que se consiga en minutos, ni tampoco en días, mas bien, y de manera intuitiva digamos que es algo que se consolida con los años, aunque también hablar de la palabra “consolidar” puede resultar algo optimista, pues muchos profesionales en el campo de la personalidad opinan que la identidad experimenta en muchos casos, transformaciones a lo largo del ciclo vital.
Los tres pilares del ser son: autoconcepto, autoestima e identidad social. El primero de ellos sería la manera en la que respondemos cuestiones de sí mismo, si yo le preguntara ahora mismo ¿quién es usted? O ¿cómo se definiría? probablemente comenzara diciendo su nombre y/o edad, tal vez describiría su apariencia física o se definiría como hermana de, hija de o madre de….todos estos aspectos forman el autoconcepto. Cuando valoramos el grado de agrado de esos esquemas hablaríamos de la autoestima y al hablar de la manera de presentarnos a los otros, de identidad social ya que a veces los seres que presentamos no tienen mucho que ver con nuestros verdaderos seres, lo que lleva en muchas ocasiones a sentirnos falso o simulados.
Un ejemplo de esto lo he podido obtener observando mi propia historia, por ejemplo cuando tenía no más de cuatro años, recuerdo a mi madre corriendo tras de mí o gritando por haber hecho alguna que otra “trastada”, en muchas de esas ocasiones mi madre decía: ¡Eres malo!¡mira que mal has hecho esto…! Sin duda, esos elementos calaban en mí formando pequeños aspectos de mi identidad, también en el parvulario donde al relacionarme con mis compañeros descubría que mi colega de pupitre terminaba antes que yo los ejercicios o que en el patio otros lograban correr más rápido que yo o saltar más alto. Son inicios de una identidad que al paso del tiempo se complicaría.
En esa identidad colaboraban en gran medida mi entorno más allegado, ellos proponían un “ser esperado” y yo disponía de un “ser ideal”, es decir, unos manifestaban lo que esperaban de mi, mientras yo iba elaborando convicciones propias. Muchas veces estas pueden ir acorde, pero en otras circunstancias pueden confrontarse, por ejemplo, recuerdo cuando mi padre pretendía explotar todo mi potencial artístico, comprándome todo tipo de materiales como ceras, pinturas de oleo, cuadernos que me incentivaran a dibujar, sin embargo, aunque me gustaba y era un gran entretenimiento, en cuanto mi padre lo hizo un hobbie tan prioritario en mi vida, con intenciones de convertirse en mi futura profesión como la fue para mi abuelo, tanto que mis ideas llegaron a enfrentarse con las suyas…pues yo tenía más inclinaciones hacia las ciencias, concretamente a las del campo de la salud. Esto no le disgustó en gran medida, pero sí recuerdo muchos intentos por cambiar mi opinión.
En nuestras vidas corremos miles de situaciones donde confrontamos semblantes importantes de nuestro ser con otros, y esos aspectos en ocasiones se repelen como imanes de un mismo polo, podemos sentir incluso que vamos contra corriente, y cuanto la tensión nos supera llegamos a dejar que esa corriente nos lleve por su cauce adoptando una identidad social deseada quizás por los demás, pero desde luego no por nosotros mismos…
No son esos lo únicos baches con los que se encuentra nuestro ser a lo largo del ciclo vital, recuerdo en particular uno, que llego a ser muy estresante y a la vez desconcertante para mí. Había terminado el bachillerato con buenos resultados y me debatía con una decisión importante, como era la elección de la carrera que estudiaría. En vista de que había sacado muy buenas notas en biología decidí estudiar esa carrera pues pensé que sería la más adecuada para mí, por lo que decidí matricularme. Transcurrido muchos meses, ya en la convocatoria de junio, estudiaba para la asignatura de zoología y mi atención no hacía más que disiparse, no había sido un buen año para mi, mi amigos comentaban que mi carácter había cambiado, que no era el mismo que no iba luciendo una sonrisa o bromeando como de costumbre…no hacía más que pensar ello: ¿por qué me iba tan mal? ¿no podía con una carrera universitaria?. El autoconcepto académico era algo que sin duda valoraba muchísimo, y sin embargo la valoración que daba de él era negativa, lo cual resentía mi autoestima.
Me llevó algo de tiempo demostrarme que no era mi vocación ser biólogo, que mi vida no sería estar con una bata blanca examinado animales, clasificándolo o recorriendo con unas botas el monte en busca de plantas. Entendí que mi identidad exigía una profesión donde pudiera interactuar de manera directa con las personas, entenderlas y ayudarlas y eso me llevó a probar suerte con la psicología. Ahora pienso en lo acertado de esa elección, en su momento no me fijé en la enorme importancia que tenía y como determinaría mi vida. Experimentaba una crisis de identidad, un sentimiento de ansiedad acompañada por un proceso de redefinición de mi individualidad y mi reputación como estudiante, estos momentos se reviven como rememorables tras el paso de los años.
Hay veces donde las crisis de identidad suceden prontamente, como es mi caso, durante la adolescencia, pero también pueden acontecer en momentos más alejados y cuando pensamos que se ha alcanzado cierta permanencia. Esto me recuerda a una película titulada “Americam Beauty” el actor Kevin Spacey protagoniza a Lester, un hombre que sufre una crisis de identidad en la edad madura. En su conducta puede observarse miles de intentos por adoptar una nueva identidad, ejemplos como, el acercamiento a las drogas, ejercicio físico intenso para mejorar su aspecto o una fuerte atracción sexual por la compañera de su hija. Esta crisis no fue vivida y sentida exclusivamente por él, desde luego hubo daños colaterales, su familia fue la primera en contagiarse de esa tensión, así como amigos allegados. Al final parece conseguir replantearse su identidad y dar con un nuevo enfoque tras el largo bagaje.
Como he intentado plasmar la identidad es como un océano con movimientos incesantes de olas que vienen y van, en momentos se presenta el silencio y percibimos un pacífico y sosegado espacio, pero en otros a causa de determinadas fuerzas como el viento, la temperatura, la luna… se consigue desestabilizarlo. Lo que nos queda pensar es que tras la tormenta siempre llega la calma…y si sabemos ahondar bien en su interior y entender los mecanismos que influyen en sus corrientes ese paso será más sencillo e instructivo.
"Se supone que..."
LETICIA NÚÑEZ, Coordinadora de You Coach!
Diplomada en Relaciones Laborales y Máster en Dirección Estratégica de Recursos Humanos
leticia@newsyoucoach.com
Aquella persona que, hace unos años, tuviera una carrera universitaria y algún idioma tenía prácticamente trabajo asegurado. Pero por desgracia la cosa ha cambiado y mucho. Ahora esas características se entenderían casi como “sobrecualificación”, y obligación de las empresas a pagar un sueldo acorde a ello.
Pero la crisis al empleo es como el rompeolas al mar, frena toda posibilidad de avance. Esto hace que la gente busque alternativas para conseguir trabajo. Y he aquí el nexo de unión con mi anterior artículo referido a la “actitud”.
Precisamente esta semana leí una noticia que hacía referencia a un estudio realizado por la Universidad Carlos III de Madrid, donde se reflejaba que las empresas actualmente valoran más el trabajo en equipo, por ejemplo, que los idiomas. Incluso prefieren titulados optimistas y que sepan adaptarse a nuevos entornos. Entonces, ¿los optimistas son los más demandados?
Soy la defensora por excelencia de la buena actitud ante el trabajo pero…una persona que SOLO sea optimista no puede controlar el espacio aéreo, ni operar a corazón abierto, ni construir un edificio…hay que ser consecuente, ya que otros no lo son tanto.
Evidentemente es un estudio centrado en pequeñas y medianas empresas, o sea que si le preguntaras a una multinacional probablemente señalaría como una de las prioridades el dominio de idiomas. Todo es muy relativo, y esto no nos debe confundir. Con el presente y el futuro que nos espera es obvio que tenemos que estar formados y preparados, cuanto más, mejor, sin descuidar ese esfuerzo y actitud positiva de la que tanto hago alarde.
Volviendo a las alternativas de aquellos que buscan empleo, quizás las más surrealista sea la de omitir información, es decir, quitar títulos del curriculum o aspectos que hagan ver un alto nivel de cualificación para conseguir que al menos te llamen para una entrevista. Y si esto no funciona, otra de las posibilidades es salir fuera de España…atención: ¡todos a aprender alemán! Por lo visto la “receta mágica” la tiene, bajo la manga de sus habituales chaquetas tipo ejecutiva, Angela Merkel. Como consejo de aquellos que quieran dar el paso, llevarle de regalo una caja de galletas típicas gomeras (me dijo un pajarito que suele pasar días de veraneo en la isla colombina), igual así conseguimos algo…
Y por si Alemania llena pronto el cupo, una última alternativa podría ser estudiar mucho, mucho, mucho y sacar una oposición (aunque poca fiabilidad da el que tu “jefe” sea el Estado) pero a día de hoy, en principio, es la alternativa con más garantías.
Opciones hay pero prácticamente todas impuestas por la situación. No creo que a nadie le haga ilusión quitar méritos de su curriculum o estudiar para hacer toda la vida una misma función y avanzando poco con ello o abandonar tu país para proporcionarle a otros tus ideas o conocimientos. Habrá alguno que si pero…
Se supone que se están tomando medidas para evitar la “fuga de cerebros” pero sinceramente yo aún busco cuáles son.
Queda claro que no hay que confiar en que las cosas lleguen por si solas, hay que “currárselas”, sin suponer que esto o lo otro pasará porque sí. Y es que puestos a suponer…también se suponía que esta crisis solo era una desaceleración o que el Club Deportivo Tenerife lucharía esta temporada por ascender a primera división y ¡quién nos ha visto y quién nos ve!.
Encontrar nuestro camino.
SABRINA MARRERO GONZÁLEZ, Diplomada en Relaciones Laborales y estudiante de Psicología.
marrero.gonzalez@gmail.com
A finales del pasado diciembre recibí de unos amigos una invitación un tanto peculiar, querían que participara en una reunión con el fin de marcarnos los objetivos a cumplir durante el 2011. Tiempo atrás, ellos habían decidido convertir los buenos propósitos para año nuevo en algo para tomarse más en serio y, además, utilizarlos como excusa para mantenerse en contacto.
Realmente, mis intenciones para ese día no iban más allá de pasar un rato agradable y de repetir los objetivos de cada año: dejar de fumar, hacer más deporte y mejorar el inglés. Pero mientras los escuchaba hablar sobre lo que habían conseguido ese año y lo que querían lograr en el siguiente me sorprendí porque esperaba que sus metas fueran similares a las mías y, sin embargo, casi todos se retrataban como personas que estaban creciendo interiormente. Empecé a pensar que tenía que aprovechar esa inusual ocasión para reflexionar sobre qué quería que fuera mi vida, porque ¿cuánto tiempo de nuestro día a día dedicamos realmente a averiguar qué es lo que deseamos para nosotros mismos? Normalmente nuestra vida se asemeja a una carrera a contrarreloj: debemos conseguir un trabajo serio y seguro para poder casarnos, tener niños y una hipoteca. Y en medio de todo ese patrón de vida, cuando notamos que algo no funciona como debería, optamos por cambiar las cosas más superficiales: conseguir un aumento de sueldo en el trabajo, comprarnos un coche más potente o hacer una dieta más sana, tal como recomienda el médico.
Pero, ¿son estas nuestras mejores razones para levantarnos por la mañana y sentir que estamos justo donde queremos estar? Si la respuesta es no, tomarnos ese tiempo para reflexionar nos va ayudar a encontrar nuestro camino. Uno propio, alejado de las expectativas y los deseos que los demás ponen en nosotros, uno que nosotros descubramos y que podamos atravesar con la seguridad de que nos va a llevar al éxito. Desgraciadamente no hay mapas ni guías para encontrarlo, solo podemos caminar concentrándonos en quién queremos ser. Esto puede generar más incertidumbre de las que nos creamos capaces de manejar. Para evitar sentirnos desbordados y desorientados podemos marcarnos objetivos, que como pasos de bebés nos guíen desde el gateo hasta la maratón. Y para que esto funcione, las metas no deben suponer una ruptura drástica con todas nuestras costumbres y creencias anteriores. Además, debemos tratarnos a nosotros mismos con el cariño y la firmeza que dedicamos a un niño, animándonos cuando pensemos que tras cada tropezón no seremos capaces de volver a levantarnos, poniéndonos tiritas en las pequeñas heridas que nos hagamos y dirigiendo siempre nuestra mirada hacia el cielo, porque no hay techos que nos impidan crecer hasta donde lo deseemos.
Yo por mi parte he decidido olvidar las metas que había pensado para aquella reunión y, aprovechando que aún queda prácticamente todo el año por delante, he empezado a escribir los que realmente quiero cumplir.
Hoy quiero pedirte algo...
SARA USERO, Psicóloga, orientadora social y alumna de la Certificación Profesional de Coaching de International Coaching School
sarapsico.ub@gmail.com
A veces uno expresa algo sin saber el alcance que sus palabras pueden llegar a tener en el otro… una frase, una palabra en un momento dado son suficientes para remover cosas en una persona, para incitarle a la reflexión, para darle la oportunidad de avanzar… Días atrás alguien dijo estas palabras que quiero compartir con vosotros: “apórtanos tu granito de arena y ábrete para recibir, atrévete a pedir todo lo que quieras que así es como realmente lo tendrás”…su comentario me llevó toda la semana rondando la cabeza, ¿Cómo se pide todo lo que uno quiere? ¿Y a quien pedirlo? ¿Se le puede pedir lo que uno necesita a cualquier persona? Y realmente…¿Quiénes somos nosotros para pedir sin más? Pedir me resulta una palabra con demasiada carga emocional, con demasiado anhelo…¿La gente está realmente ahí si uno pide todo lo que quiere, desea o necesita? ¿Dónde está el límite?
Según la “Ontología del Lenguaje” (Echeverría Rafael, 1994), “un pedido es un acto del habla” un acto que te acerca a un resultado. El pedido surge cuando habita en ti el “juicio” (interpretación) de que falta algo y que tú sólo por tus propios esfuerzos no puedes lograr. Pedir es la verbalización de nuestros sentimientos, es un modo de comunicación sano y natural. El pensar que el otro por conocernos o amarnos debe saber lo que queremos en cada momento es una idea romántica lejos de la realidad, puede que se dé el caso pero no es la regla general. El acto de pedir en nuestra sociedad ha tenido mala fama, “¿pedir, yo pedir?” Parece ser que quien pide es débil o no puede con todo. Es decir que cuando alguien tiene la capacidad de pedir en principio tiene la capacidad de reconocer sus propias limitaciones. Sin embargo todos tenemos nuestras limitaciones y no pasa nada por admitirlo y por buscar apoyo, es más, es recomendable.
La acción de pedir conlleva una buena dosis de autoestima para el que pide: sólo sabe pedir quien cree merecer. El que no pide vive atrapado por miedos, humillación, rechazo, miedo al “no”, sin embargo el que se lanza puede luchar para conseguir el “si”.
Pedir es importante para la salud emocional y mental, implica haber llegado a niveles de comunicación profunda donde se comparten emociones y sentimientos. El lanzarse a pedir aporta paz interior y fortalece el vínculo afectivo con los otros.
El primer paso lógico para que tu pareja, amigos, familia, compañeros de trabajo, jefes, Dios…presten oídos a tus necesidades es…Pedir. Es la manera más acertada de que se enteren de lo que quieres. Ya ellos te lo darán o no pero pueden entenderte y conocerte.
Pedir ofrece al otro el placer de ayudarte. Pedir es una característica de las personas generosas ya que saben que al pedir existe la posibilidad de dar sin esperar nada más.
Hay una serie de factores que influyen en el pedir y que podemos resumir así:
-Emisor: quién hace el pedido
-Receptor: persona a la que está dirigido el pedido.
-Mensaje: el pedido en sí.
-Competencia: que el emisor pueda asumir ese pedido.
-Sinceridad: que lo que pido tenga sentido para mí como emisor.
Generalmente se pide de forma irresponsable, es decir sin tener en cuenta estos factores y cuando el otro no cumple nos sentimos defraudados, sin embargo nuestro pedido no fue correcto, fue dejado al azar, quizás por un mensaje que no estaba claro, quizás por el oyente a quien se lo pedíamos o bien por nuestra forma de pedir, a veces pedimos las cosas con agresividad, reproche, de manera indirecta, “a medias”, de forma inhibida…en lugar de hacerlo de forma asertiva exponiendo claramente las razones.
Hay un detalle que no podemos olvidar, pedir no es lo mismo que exigir. No puedes obligar ni exigir a nadie a que haga las cosas a tu manera o a que complazca tus necesidades o deseos, pero sí puedes interactuar con el otro expresando tus inquietudes.
Viendo todas las ventajas que puede tener el pedir, ¿Qué nos lleva a no hacerlo? ¿Cuántas cosas habremos perdido por no saber pedir? A veces existen demasiadas razones por las que no se pide: miedo al rechazo, orgullo, egoísmo, baja autoestima, creencias limitantes, dejadez, ignorancia, la imagen pública, etc. Sin embargo, las personas exitosas tienen éxito porque viven en un contexto de interdependencia que les permite conseguir resultados con sus propios esfuerzos y el apoyo de los demás. No dudan en pedir ayuda cuando la situación se les va de las manos y se muestran igualmente receptivos a las peticiones ajenas. Al fin y al cabo ofrecer y recibir ayuda es un aprendizaje importante ya que el saber dar, saber pedir y saber recibir nos acerca a un estilo de vida saludable.
“Da sin recordar y recibe sin olvidar”