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nº 30 Noviembre 2010

you coach
EMOCIONAL MENTE

revolutionay roadJesus Cabeza, Experto en Inteligencia Emocional y Competencias Socioemocionales.
jmcabezagovea@yahoo.es

LA FORMULA MÁGICA

La mayoría de las personas almacenamos en nuestra mente, deseos, sueños, objetivos que algún día querríamos ver cumplidos. En muchos casos, lo único que se cumple es el paso del tiempo, el transcurrir de los años, hasta que llega un momento, en el que, aunque, aún nos sintamos interiormente como unos adolescentes, las oportunidades, y las energías, ya no son las mismas. Los años han pasado mientras esperábamos un golpe de suerte, o quizás, un chasquido de dedos simultáneo, o posterior, a una idea genial, única. En muchos casos, los años se escapan, mientras se espera, en definitiva, que aparezca una fórmula mágica, para hacer realidad nuestros sueños. La cuestión es ¿Por qué no somos capaces, en muchas ocasiones, de cumplir los objetivos deseados? Sobre esto tratan las siguientes líneas.

En 1977, Albert Bandura publicó un ensayo en el que destacaba el concepto de autoeficacia. El concepto de Bandura de autoeficacia se refiere a la capacidad percibida de salir adelante  en situaciones específicas. Se refiere a las opiniones que la gente se forma respecto  a su capacidad de actuar  en una tarea o situación específica.  Según Bandura, las opiniones de autoeficacia influyen en qué actividades participamos, cuánto esfuerzo gastamos en una situación, cuánto tiempo perseveramos en una tarea, y en nuestras reacciones emocionales mientras prevemos una situación o estamos implicados en ella. Pensamos, sentimos y nos comportamos de forma diferente en aquellas situaciones en las que nos sentimos seguros de nuestras capacidades,  que en aquellas en las que estamos inseguros o nos sentimos incapaces. Así, las creencias de autoeficacia influyen en los pensamientos, la motivación, el rendimiento y el arouzal emocional.

Además, existe una teoría del valor-expectativa, que defiende que, ante una decisión que implica actuar, elegimos la acción que tiene el valor de beneficio estimado más elevado. El valor de beneficio está determinado por el valor que un resultado tenga para nosotros y por la probabilidad de ese resultado. En la toma de decisiones, realizamos una serie de cálculos sobre la posibilidad de que la conducta conduzca a lo que queremos, y sobre el valor de lo que queremos. Se asume una relación multiplicativa entre la probabilidad o expectativa y el valor, de ahí la expresión de la teoría del valor X expectativa. Nuestra decisión de iniciar una relación con esta o aquella persona está determinada por nuestro cálculo de la probabilidad de éxito con cada una de ellas y por el valor que asociamos al éxito con cada una.

Las personas somos, a la vez, estables y variables en el curso de nuestras vidas cotidianas. Ser rígidamente el mismo en todas las situaciones apenas sería adaptativo, y lo mismo es aplicable a la condición de ir de una situación a otra, como una pelota de ping-pong. En la conducta de la mayoría de las personas, existe una estructura organizada, y esta organización parece estar dirigida hacia objetivos o metas. Más que ir de aquí para allá como pelotas de ping-pong, las personas persiguen activamente objetivos y metas y desarrollan planes o estrategias para alcanzarlos. En el día a día, el individuo mantiene la coherencia y la orientación a meta, a la vez que responde a las exigencias de situaciones concretas. Desde esta perspectiva, la conducta humana es intencional, dirigida a meta y adaptativa tanto a la necesidad que tiene la persona de un sentido de continuidad y coherencia como a la necesidad de ser capaz de ser flexible a las exigencias situacionales.

El carácter estructurado y organizado de la conducta humana sugiere, como he comentado, que dicha conducta está dirigida a objetivos y metas; la conducta está motivada, y el concepto de meta se sugiere como un útil concepto motivacional. Las metas, además de motivadoras, pueden ser complejas o simples, muy importantes o de menor importancia, a corto (divertirse hoy) o largo plazo (ser buen profesional o padre de familia). Las metas son objetivos deseados, y los planes, rutas o vías hacia la consecución de una meta.

Como dato importante, las metas tienen propiedades: cognitiva: uno no puede tener una meta si carece de algún tipo de representación mental de aquello a lo que aspira (aunque no todas las metas son conscientes, por esto, aunque a veces las personas pueden decirnos por qué están haciendo lo que hacen, otras veces pueden no ser capaces de explicar su conducta o pueden aducir razones que son socialmente más aceptables que las verdaderas causas de la conducta. Esto refleja la diferencia entre razón y causa). Aparte de las representaciones cognitivas o mentales, las metas llevan asociadas afectos o emociones, las metas se asocian al placer o al dolor. Se aspira a alcanzar cosas asociadas al placer y a evitar las que se asocian al dolor. Pero el abanico de emociones asociadas con las metas es mucho más complejo. Puede experimentarse, por ejemplo, orgullo con el éxito personal o vergüenza ante el fracaso. Lo que se defiende aquí es que el componente afectivo-emocional de las metas es lo que las dota de su poder motivacional.

Las metas se asocian también a planes conductuales, los cuales incluyen las representaciones o actividades cognitivas que son necesarias para alcanzarlas y una valoración de la capacidad propia (recordar el concepto de autoeficacia) para desempeñar estas actividades.

Las metas se organizan jerárquicamente, de forma que algunas son supraordinadas y otras subordinadas. Puede tenerse la meta supraordinada de ser feliz en la vida, con las metas subordinadas de tener familia, una profesión, o ambas. Aunque las estructuras no son definitivas, y pueden, por tanto, cambiar. Podría darse el caso, también, de que dos o más metas estén en conflicto, es decir, que perseguir una meta perjudica la consecución de otra.

La dinámica del funcionamiento del sistema de metas implica la activación, mantenimiento y terminación de la actividad dirigida a meta. Por tanto surgen preguntas como ¿Qué es lo que activa la persecución de una meta? ¿Cómo somos capaces de seguir persiguiendo una meta a largo plazo, y con dificultades? ¿Cuándo dejamos de perseguir una meta?.

Se podría responder a estas cuestiones, defendiendo que las metas están siempre presentes en el sistema, al igual que los programas en un ordenador. Una meta puede ser activada por un estímulo externo o interno, por una simple imagen o por un simple pensamiento. Cuando una meta es activada, los esfuerzos cognitivos se dirigen a la valoración de la mejor forma de alcanzar la meta. La valoración consiste en algo similar a lo que ocurre en el modelo valor-expectativa: se calcula el valor o importancia de la meta y la probabilidad de éxito en alcanzarla. Las metas se adquieren mediante el reforzamiento directo por parte de terceros u observando cómo los demás se fijan exigencias y las cumplen, o no. En ambos casos participa la emoción.

La actividad de perseguir la meta se mantiene mediante una concentración continuada en la representación mental, la consecución periódica de submetas y el autorreforzamiento por medio de emociones como el orgullo. Para perseverar a largo plazo, debemos establecer una organización serial de nuestras metas, con subdivisiones de metas inmediatas y a largo plazo, y ser capaces de decirnos que estamos haciéndolo bien, o que no estamos haciéndolo bien, y por tanto, debemos esforzarnos más.

Bandura subraya que la capacidad de automotivación y de acción intencional está enraizada en la actividad cognitiva. Mediante la representación cognitiva, los acontecimientos futuros concebidos se convierten en motivadores actuales y reguladores de la conducta. La anticipación de los resultados probables de varias acciones, la realización de atribuciones a partir de los éxitos y fracasos pasados y la estimación de la autoeficacia son vitales en el mantenimiento de la actividad dirigida a metas.

Según Bandura, las metas establecen las exigencias para autoevaluarse positiva o negativamente según la aproximación o distanciamiento con respecto a la consecución de la meta. Además, en ausencia de reforzadores externos, considera como poderosas fuerzas de autorreforzamiento para mantener la conducta en largos periodos, tanto el orgullo por el éxito alcanzado, como la culpabilidad o vergüenza por el fracaso obtenido. Bandura defiende que el poder motivacional no proviene tanto de la meta en sí misma, sino del hecho de que las personas evalúan su propio comportamiento, aunque no excluye el potencial del placer asociado a la meta en sí misma. Al perseguir la meta, la persona se basa en información procedente de la retroalimentación referente al progreso realizado.

Las creencias de autoeficacia desempeñan un papel importante en la función de autorregulación. Los juicios en autoeficacia repercuten en el nivel de compromiso con la meta. También afectan a la clase de retos con los que se enfrentará la persona y al tiempo que perseverará ante los obstáculos. Sólo aceptamos retos difíciles si tenemos la sensación de que somos capaces de superarlos. Los juicios sobre nuestra eficacia repercuten también en nuestras reacciones emocionales frente a la tarea y en la productividad de nuestros esfuerzos. Las personas que se atribuyen valores muy altos de autoeficacia en una tarea determinada, experimentan menos estrés durante su ejecución, que los individuos que se consideran a sí mismos menos eficaces. La ineficacia percibida y el abandono de la meta también se asocian a los sentimientos depresivos, en contraposición a los estados de ánimo más positivos asociados a la eficacia percibida y la perseverancia en el esfuerzo por alcanzar la meta. Cuando una persona con una autoeficacia percibida baja se enfrenta a decisiones complejas, es voluble e indecisa. Los valores bajos en autoeficacia pueden dificultar las actividades cognitivas que tan vitales son para avanzar en la consecución de una meta.

En definitiva, que una persona se motive o desaliente al no alcanzar lo que se exige, depende, en parte, de sus creencias de autoeficacia y al valor potencial de seguir esforzándose. Además, las creencias de autoeficacia afectan a las reacciones al conseguir una meta. Produce más alegría atribuir el éxito a la competencia y capacidad propias que a la suerte, o a la magia. Es también más probable de este modo, fijarse metas nuevas de mayor rendimiento.

La actividad dirigida a meta se da por finalizada cuando alcanzamos la meta o cuando consideramos que proseguir en la tarea será infructuoso.

Añadir a esto, que las metas específicas, elevadas, realistas y a corto plazo, favorecen más la automotivación que las metas ambiguas, poco realistas, bajas y a largo plazo. Las exigencias explícitas permiten mejores rendimientos que las intenciones generales de hacerlo bien. Esto no va en perjuicio de que pueden tenerse metas a largo plazo, pero la mejor forma de avanzar es traducir estas metas lejanas en meta más inmediatas. A medida que nos acercamos a la meta lejana, alcanzarla va pareciendo cada vez más posible. Las personas con problemas de motivación deberían considerar esto.

Sobre la forma en que se adquieren las metas, el poder motivacional de las metas surge de su asociación con las emociones. En el curso de su desarrollo vital, la persona va asociando emociones con personas, objetos, lugares, etc. La asociación de una emoción con una persona puede basarse en la experiencia directa (condicionamiento clásico) o en la observación de los demás (condicionamiento vicario). Prácticamente todo puede convertirse en meta en virtud de su asociación con las emociones. La asociación de la emoción con personas y cosas tiende a ser particularmente intensa durante los primeros años de vida. Así, muchas de nuestras preferencias y aversiones más fuertes y perdurables proceden de estos primeros años.

Mischel (1990), afirmó que en el curso de su desarrollo, una persona adquiere mayores capacidades cognitivas, y por tanto se permite una mayor complejidad de organización de las metas y de los planes para alcanzarlas. La persona que evoluciona es más capaz de pensar en cosas que quiere alcanzar o evitar, así como en más formas de alcanzarlas o evitarlas. También, más capaz de pensar a largo plazo y posponer el placer presente a favor de un beneficio mayor posterior.

Las metas se basan en emociones; a grandes rasgos, en las emociones positivas y negativas. Por tanto, cabe hablar de las metas en cuanto a deseos y miedos, fines que se persiguen (deseos) y fines que se quieren evitar (miedos). A veces, las personas se angustian porque carecen de metas (adolescencia; inicios de la edad adulta, sin objetivos profesionales definidos; o durante la jubilación).

Llegados a este punto, y tras la exposición sobre la forma de conseguir las metas propuestas, parece clara la importancia de la capacidad de la persona para ser consciente de sus metas y para referirlas.

Pero, ¿Qué ocurre cuando, a pesar del factor emocional, que nos automotiva para la consecución de una meta, existen dificultades de voluntad?, o como diría Pervin (1991), de volición. ¿Qué es lo que nos hace incapaces de salir de nuestra cálida cama en un fría mañana de invierno, para cumplir con nuestras actividades?.

Wiilliam James se ocupó de la voluntad y los problemas de las crisis de voluntad, volición o autorregulación. James usaba la expresión la enfermedad de la voluntad. Se refería a dos tipos de voluntad enferma, obstruida y explosiva. La acción puede implicar la interacción de fuerzas facilitadotas e inhibidoras. Estas dos fuerzas siempre operan conjuntamente, y la consecuencia representa el resultado del equilibrio entre fuerzas opuestas. La voluntad obstruida ocurre cuando la activación es insuficiente o hay un exceso de inhibición, mientras que la voluntad explosiva ocurre cuando la activación es exagerada o la inhibición defectuosa. En cualquier caso de crisis de volición, puede haber demasiada activación o inhibición o una activación o inhibición insuficientes.

Cuando usamos expresiones del tipo “siento que debería hacer el trabajo pero soy incapaz de ponerme a hacerlo” o “sé cuantas calorías tiene ese alimento y cómo deseo perder peso, pero siento como si tuviera que comérmelo”, no estamos mencionando la causa, sino más bien realizando un mero enunciado del problema. El problema de aplazar las cosas ilustra lo que James denomina voluntad obstruida, y el comer en exceso, voluntad explosiva. El primero implica problemas de inhibición, ya que las personas dejan de hacer lo que dicen que quieren hacer. El segundo implica problemas de adicción, no necesariamente en el sentido  de adicción a las drogas o el tabaco, sino en el sentido de desear compulsivamente algo. Casi todo el mundo sufre inhibiciones o adicciones de alguna clase, como la persona que es incapaz de ponerse a limpiar la casa y sin embargo es adicta a alimentos perjudiciales para la salud. En todos estos casos comentados, las personas son incapaces de autorregularse, son incapaces de hacer exactamente lo que parecería más racional, lo que tendría más sentido, según su propio valor-expectativa, su utilidad subjetiva esperada.

La persona inhibida no puede centrarse en la meta a la que aspira y la persona adicta no puede centrarse en la meta alternativa. Los problemas de volición conllevan claramente problemas de focalización de la atención.  Pero qué ocurre ante la persona que dice “intento concentrarme en redactar el trabajo pero me obsesiono con un deseo o con un pensamiento”. La dificultad para focalizar la atención forma parte del problema, pero es más descriptiva que explicativa. Abstraerse de la situación problemática a veces ayuda a refocalizar la atención pero, las personas a menudo se llevan sus “mentes en blanco” y “mentes obsesionadas” a donde quiera que vayan.

Respecto a la autoeficacia, hay personas que reconocen su incapacidad para ejercer su voluntad, de sobreponerse a sus inhibiciones, o detener su conducta impulsiva, y otras que no lo hacen. Muchas personas confían plenamente en su autoeficacia. Hay bebedores y fumadores que afirman poder dejarlo cuando quieran. Las creencias de autoeficacia, a menudo distan de la realidad.

Todo esto forma parte de las conductas humanas cotidianas, y no sólo de una minoría de individuos extraños. Los problemas de inhibición parecen más fáciles de explicar que los de adicción. Los problemas de inhibición parecen, en su mayor parte, conllevar ansiedad, es decir, la persona no puede hacer lo que quiere hacer debido a la ansiedad, por ejemplo, el alumno que teme el juicio del profesor. Sobre el poder de las adicciones es posible que haya existido un poderoso proceso de condicionamiento clásico, de asociación de las emociones positivas con el acto o conducta que viola los deseos de las personas y domina su sistema de control ejecutivo. Estos problemas de volición quizás no estén tan alejados, por ejemplo, de las poderosas preferencias y aversiones alimentarias y olfativas que tenemos la mayoría de nosotros, adquiridas en una etapa temprana de nuestra vida y muy resistentes al cambio.

¿Cómo nos justificamos para abandonar una meta? es otra de las preguntas a contestar sobre el asunto de consecución de metas.

Las personas no se comportan de una determinada forma sólo para ajustarse a las preferencias de los otros. La mayor parte de la conducta propia está motivada y regulada a través de patrones internos y de las reacciones autoevaluadoras ante las propias acciones.

Cuando las personas se comprometen con metas explícitas, las discrepancias negativas percibidas entre lo que hacen y lo que quieren lograr crean autoinsatisfacciones que sirven como incentivos motivacionales para el cambio.

La activación de estos procesos autoevaluadores, a través de la comparación interna, requiere patrones personales y también, conocimiento del nivel de la propia ejecución.

En base a esto, después de que se adoptan patrones sociales y morales de conducta, las reacciones anticipatorias de autocondena producidas por la posibilidad de violar patrones personales, sirven por lo general, como autodisuadores contra los actos censurables, o contra los actos que nos perjudican u obligan a abandonar las metas.

Pero el desarrollo de esta capacidad autorreguladora no crea un mecanismo de control infalible. Los reguladores autoevaluadores no operan si no están activados, y existen muchos factores que pueden afectar a la activación selectiva y a la liberación del control interno. Las reacciones autoevaluadoras se pueden disociar de muchas maneras de la conducta censurable e incluso ponerse a su servicio.

Por ejemplo, dada una conducta censurable en principio, un conjunto de prácticas de liberación del control opera al nivel de la conducta (lo culpable puede convertirse en honorable gracias a la justificación moral que ofrece la conducta, como el servir a fines morales, o gracias a un lenguaje eufemístico que otorga un status respetable a las actividades censurables, o a la ventajosa comparación con la conducta más deplorable). Otro conjunto de prácticas disociativas opera oscureciendo, a través del desplazamiento o la difusión de la responsabilidad, la relación entre las acciones y los efectos que ellas causan. Las reacciones de autoprohibición son débiles cuando se puede negar fácilmente la acción personal.

Formas adicionales de debilitar las reacciones autodisuasorias operan a través del descuido o mala representación de las consecuencias de las acciones. El conjunto final de las prácticas disociativas sirve a propósitos autoexonerantes deshumanizando y culpando a otro.

Por todo esto, y a causa de que las funciones autorreguladoras pueden ser activadas y liberadas selectivamente, los patrones internos no son siempre una protección contra la conducta perjudicial para la consecución de nuestras metas.

Pero sí lo es el conocer los procesos que nos interesan comenzar para lograr nuestras metas, cómo estamos ejecutándolos, identificar los problemas y ponerles solución. De ahí el valor añadido para nuestras vidas, del conocimiento, en asuntos como los aquí comentados, la consecución de metas, sus aspectos motivacionales, y las dificultades de voluntad  que se pueden atravesar.

Todo este conocimiento, estos elementos, estos ingredientes, forman, La Fórmula Mágica, para conseguir nuestros objetivos, nuestras metas.

Ahora, sí podemos realizar el chasquido de dedos…

 

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"Solo hay dos cosas que podemos perder: el tiempo y la vida, la segunda es inevitable, la primera imperdonable."

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