Jesus Cabeza, Experto en Inteligencia Emocional y Competencias Socioemocionales.
jmcabezagovea@yahoo.es
LA BUENA PERSONA
Una de esas reflexiones que, a veces, ocupan mis pensamientos, es aquella en la que me cuestiono asuntos como qué referencias existen sobre qué es ser una buena persona, cuáles son los motivos por los que nos percibimos a nosotros mismos como buenos, malos o, quizás, en un punto medio -el por qué nos percibimos de ese modo-, cuáles son los criterios de la mayoría de las personas para tomar ciertos tipos de decisiones. En mi caso, además, me pregunto también hasta qué punto ayuda la Inteligencia Emocional a pensar y comportarse según un patrón consensuado sobre cómo es un buen ser humano. Y además, cómo intervienen los rasgos de la personalidad y las Competencias Socioemocionales en estas reflexiones.
Otra cuestión es si, al igual que existen algunas clasificaciones científicas de determinados transtornos mentales, los cuales no se pueden tomar (los comportamientos síntomas de estos transtornos) precisamente, como ejemplo del estereotipo de buena persona, -sino más bien todo lo contrario-, también podrían existir, para las personas que no pertenezcan a ninguna de las clasificaciones de transtornos mentales, es decir, las personas llamadas, popularmente, “normales”, en teoría sin problemas psicopatológicos, determinadas evaluaciones que ayudaran a determinar cómo de alejados estamos de un determinado modelo social ideal de “buena persona”, sin llegar a aspectos delictivos, o cómo de cerca estamos de ser realmente una “buena persona”. En este sentido, decir que después de realizar algunas preguntas sobre este asunto, antes de realizar este artículo, cada una de las personas consultadas me ha respondido que sí se forma un juicio sobre qué clase de persona está tratando en cada momento. Entonces, aunque cada uno de nosotros se forma un juicio, probablemente hay elementos comunes en esa enorme cantidad de percepciones y juicios diversos, y también por tanto, y en base a esa selección de elementos comunes, podría existir una forma de evaluar qué es lo que la mayoría considera “ser bueno” o “ser malo”. Normalmente, aceptamos que alguien, un “otro”, sea diagnosticado con un transtorno mental del tipo que sea, pero seguramente, no aceptaríamos unas opiniones consensuadas científicamente y adaptadas a nuestro entorno social, que nos dieran noticias negativas sobre cómo somos, e indicaran si debemos mejorar en algunos aspectos, o no; por que ese sería el objetivo, conocer para mejorar. Si tu entorno familiar, laboral, y social opina que no eres buena persona, pues casi con toda seguridad, no lo eres, y hay que saber aceptarlo y mejorar, y abandonar las autojustificaciones que protejan el yo, la autoestima; aunque, normalmente, el entorno no suele ser ni muy claro en este sentido, ni estar en consenso, totalmente, sobre cómo es realmente una persona, ya que existen, por ejemplo, sesgos, que perjudican la imparcialidad de las opiniones personales. De ahí, precisamente, estas reflexiones. Debido a la diversidad tanto de las opiniones externas sobre nosotros, como de la calidad de las distintas relaciones que mantenemos, a veces es complicado el autoanálisis respecto a cómo somos realmente.
Existen, desde hace muchos años, en muchos sitios de Internet, Cuestionarios (de dudoso fundamento científico) rápidos y fáciles de cumplimentar que constan, normalmente, de 10 preguntas y que afirman concluir si el evaluado es o no “buena persona”. Pero, evidentemente, y por su escasa credibilidad, nadie se preocupa si los resultados no son favorables.
Continuando con el tema, y respecto al asunto de si la Inteligencia Emocional, Social, o Socioemocional, ayudan, realmente, a convertirse en buena persona, existen investigadores que opinan que definiciones como la de Thorndike E., referida concretamente a la Inteligencia Social como “la capacidad de comprender y manejar a los hombres y mujeres”, abre la posibilidad de deducir que la manipulación es el rasgo distintivo del talento interpersonal. Afirman estos investigadores que hay descripciones de este tipo de inteligencia que no logran por sí mismas diferenciar al embaucador, de las personas enriquecedoras, socialmente hablando. Thorndike propuso otra definición posteriormente para la Inteligencia Social: “la capacidad de actuar sabiamente en las relaciones humanas”, que quizás sea mejor que la anterior. Por mi parte, comparto la opinión de Goleman, su perspectiva, sobre lo aquí comentado, al advertir que la Inteligencia Social no sólo implica conocer cómo funcionan las relaciones, comprender al otro, sino también ampliar el interés más allá de que la vida le vaya bien a los demás por nuestro propio beneficio particular. Este enfoque de la Inteligencia interpersonal, del uso del conocimiento de los demás y de nosotros mismos, se aproxima más a lo que podría entenderse como “ser buena persona”. Esto me sirve, relacionándolo con líneas anteriores, para recordar la posibilidad de evaluar estos aspectos del ser humano, partiendo de descripciones de este tipo, que incluyen capacidades como empatía y el interés por los demás, que enriquecen las relaciones interpersonales. Pensemos en el peligro que supondría la ausencia de estos términos en personas que hubieran desarrollado una gran Inteligencia Emocional, según, por ejemplo, el modelo que presenta Goleman (1995). Autoconciencia, Autorregulación, Automotivación, y Gestión de las relaciones (excluyendo, como he dicho, el quinto factor, la Empatía). O también, según modelos como el de Salovey y Mayer (1997), que básicamente, definen la Inteligencia Emocional como “la capacidad para percibir, evaluar y expresar una emoción de manera adecuada; la capacidad de acceder y/o generar sentimientos cuando facilitan el pensar; la capacidad de comprender la emoción y el conocimiento emocional; y la capacidad de regular las emociones para fomentar el crecimiento emocional e intelectual”. Evidentemente, estaríamos ante personas de compañía no muy recomendable, que podrían ofrecer algunos comportamientos comunes a los narcisistas patológicos, a los que les interesa muy poco el efecto de sus acciones sobre los demás, no son escrupulosos con los medios utilizados y se despreocupan por el coste humano que todo ello suponga. En contextos laborales, se muestran impasibles antes las necesidades y sentimientos de sus subordinados. Además, su baja autoestima provoca inestabilidad percibiendo un posible feedback constructivo como un ataque. Esta hipersensibilidad a las críticas provoca que sólo se aferren a los datos que corroboran su punto de vista, predican y adoctrinan. Los demás sólo existen para adorarles.
La Sociopatía, por su lado, se asienta en el engaño y la desconsideración, falta de responsabilidad sin remordimiento –indiferencia- hacia el sufrimiento emocional que su conducta pueda provocar en los demás. Presentan una distorsión de la empatía que les impide reconocer el miedo o tristeza en el rostro o voz de los demás. Un estudio con imagen cerebral de psicópatas criminales evidenció un déficit en varios circuitos asociados a la amígdala, en un módulo cerebral esencial para la lectura de este rango de emociones, y en el área prefrontal, que se encarga de inhibir los impulsos. Los psicópatas saben ser hábiles en la cognición social y hacerse una idea de los sentimientos de los demás, para saber cómo manipular, es una comprensión puramente intelectual. Son muy persuasivos socialmente. Parece probado que algunos utilizan libros de autoayuda para aprender a manipular y conseguir lo que quieren.
Para acabar con este tipo de ejemplos, el término “maquiavélico” se usa para definir a aquellos para los que el fin justifica los medios, independientemente del sufrimiento que pueda provocar. Es muy probable que una persona maquiavélica no considere egoístas ni malvados sus fines, porque siempre puede encontrar una justificación racional convincente.
Según Goleman, las emociones sociales, una especie de brújula moral, como la culpa y la vergüenza, pierden todo su poder en los ejemplos comentados.
Para Goleman, cualquier prueba de la Inteligencia Social, debería ser capaz de identificar y excluir a personas con comportamientos que incluyan los comentados. Debería incluir, por supuesto, para acercarnos a lo que se considera “ser bueno”, aspectos como la evaluación de la preocupación empática en acción.
Respecto a esto, es de conocimiento popular el descubrimiento de una variedad diferente de neuronas cerebrales, las neuronas “espejo”, que registran el movimiento que otra persona está a punto de hacer y sus sentimientos, y nos predisponen inmediatamente a imitar ese movimiento y, en consecuencia, a sentir lo mismo.
Según lo visto, el desarrollo de sólo algunos factores de la Inteligencia Social y Emocional no garantizan que se cumplan los mínimos morales ni las conductas mínimas exigidas marcadas por una sociedad en concreto, aunque, normalmente, ayudan mucho. Pero es fundamental uno de los cinco factores del modelo de Goleman, la empatía, así como el interés en el beneficio ajeno sin tener en cuenta el propio.
Siguiendo con la reflexión sobre la posibilidad de evaluar la “calidad humana”, en más de una ocasión, tras la cumplimentación del cuestionario sobre Inteligencia Emocional TMMS 24, por grupos de 15 a 20 personas, he comprobado la circunstancia de que todos tenían alta puntuación en regulación de emociones. Esto es un indicador, entre otras cosas, de que, según su autopercepción, moderan bien sus emociones negativas (que suelen ser habituales responsables de malas acciones), e incrementan las positivas, con lo cual, en principio, si contamos con un mínimo nivel de empatía e interés por los demás, podría concluirse que todos se acercan mucho al ideal social de buena persona. ¿Qué fácil, verdad?, desafortunadamente, el TMMS 24 es un autoinforme, no una medida de ejecución.
Como avance en la cuestión sobre el por qué actuamos como actuamos en asuntos morales, creo que, como mínimo, nos hará reflexionar, el conocer que un famoso investigador de Harvard, Marc Hauser, considerado, hasta ahora, un genio, el cual firmó en el año 2002, junto con Tecumseh Fitch y Noam Chomsky, un artículo que dio la vuelta al mundo acerca de la capacidad humana para el lenguaje, publicado en Science, y que posteriormente publicó el libro “Moral Minds”, considerado la obra de referencia para entender la evolución de la capacidad humana de juzgar de forma ética; además, entrevistado por Punset en el 2007 -y sin embargo ahora, Hauser, en entredicho-, defiende, que los seres humanos ante un dilema moral no pueden evitar indagar en los asuntos de los demás, pronunciándose sobre lo que está bien o está mal, lo que es permisivo o no, justificado o injustificado. Afirma que durante mucho tiempo, expertos han argumentado que los juicios morales proceden de deliberaciones racionales, conscientes, voluntarias, y auto-reflexivas sobre lo que debe ser. Esto ha aumentado la creencia de que la psicología moral es una capacidad que se desarrolla lentamente, basada enteramente en la experiencia y la educación, y sometida a variaciones considerables a través de las distintas culturas. Salvo unos ejemplos triviales, lo que es aceptable en una cultura, no lo es en otra. Hauser cree que esta visión hiper-racional y culturalmente específica ya no es sostenible. Diseñó una prueba, el MST (Moral Sense Test) que ha sido diseñado para mostrar el porqué, y para ofrecer una alternativa. Defiende que la mayoría de nuestras intuiciones morales son inconscientes, involuntarias, y universales, y se desarrollan en cada niño a pesar de no tener educación formal. Cuando los humanos generan intuiciones morales, éstas son decisiones instintivas que se toman sin saber porqué o cómo; Hauser llama a esta capacidad, nuestra “facultad moral”. MST y otras investigaciones se utilizan para tratar de explicar qué es, como evolucionó, y cómo se desarrolla esta facultad en los humanos, creando individuos con responsabilidades morales y preocupaciones por el bienestar humano. Se trata del porqué de esa enigmática expresión “debo” y sobre los principios que hacen a una acción correcta y a otra incorrecta, y porqué nos regocijamos de la primera y nos sentimos culpables de la segunda.
Hauser en una entrevista con Punset, en el año 2007, afirmaba “Cuando le pedimos a la gente que nos dé una respuesta de lo que para ellos es moralmente justo ante distintos problemas morales, a veces dan una respuesta pero no pueden decir por qué, y esto sugiere un proceso inconsciente que básicamente los empuja en una dirección u otra”.
El trabajo de Hauser está en la intersección de la psicología, la biología evolutiva y las neurociencias, y ha estudiado los fundamentos cognitivos y evolutivos hasta la idea de que la moralidad es innata. En este asunto de las bases de la moral existen dos líneas de trabajo. Una, de la que el más destacado componente quizá sea Marc Hauser, que aboga por una moral innata, y otra, en la que podemos situar a Richard Rorty, que sostiene que la moral es meramente un asunto cultural
Esta información sobre el origen de la decisión moral, nos hace reflexionar sobre la posibilidad de poder evaluar no sólo cómo somos de “buenos” o “malos”, -dentro de unos límites que no entren ni en lo psicopatológico ni en lo delictivo-, sino que, además sería muy útil incluir los motivos, ya sean innatos, culturales o ambos, por los que se toman ciertas decisiones morales.
Desplazándonos al terreno de las Competencias, y al enfoque actual sobre este concepto, Mischel (1968) y Ghiselli (1966) creían que los rasgos comprobables de personalidad en raras ocasiones muestran correlaciones superiores a 0,33 con el desempeño en el trabajo, y que los tests tradicionales (evaluaciones psicométricas de inteligencia, aptitudes, y rasgos de personalidad) no servían para predecir la actuación en el trabajo o el éxito en la vida (McClelland, 1973), debido a causas como sesgos hacia las minorías, las mujeres, o personas de estratos socioeconómico inferiores.
A este respecto, hay que recordar que Mischel defiende la idea de que no se tenía en cuenta, bajo el enfoque de rasgos, la diferenciación del funcionamiento cognitivo y la especificidad situacional asociada a la conducta. Mischel sugiere que dos personas pueden tener el mismo grado de sociabilidad, pero los conjuntos de situaciones en los que se manifiestan como sociables o como tímidos pueden ser muy distintos.
Unos resultados concretos en los rasgos de personalidad, que pueden ser útiles para demostrar las diferencias individuales en tendencias de conducta media, no tienen por qué predecir el comportamiento futuro de los individuos en situaciones concretas, como pueden ser las necesarias en un puesto de trabajo también concreto, aunque sí se reconozca un cierto potencial dado por los resultados en los tests clásicos.
Dos personas con el mismo grado de sociabilidad; una de ellas podría comportarse según necesita una empresa en una situación específica, y la otra persona, podría, en el mismo tipo determinado de situación específica, según Mischel, y en perjuicio del enfoque de rasgos, no tener el comportamiento requerido por la empresa, según su cultura, estrategia y puestos de trabajo.
Para resolver, en definitiva, este tipo de cuestiones, que se le atribuyen al enfoque de rasgos, se adopta el Enfoque de Competencias. El concepto de Competencia es entendido como “conjunto de comportamientos observables que están causalmente relacionados con un desempeño bueno o excelente en un trabajo concreto y una organización concreta” (Pereda, S. y Berrocal, F. 1999).
En base a lo expuesto, la clave es la especificidad situacional, es decir, aquellas situaciones concretas en las que independientemente de los resultados obtenidos en una evaluación de nuestros rasgos de personalidad, realicemos conductas no aceptadas socialmente, que dependiendo de su gravedad, podrían clasificarnos en mala posición tanto ante las personas en general, como en una posible evaluación sobre nuestra “calidad como persona”. Por tanto podría decirse que habiendo dos sujetos con el mismo grado de “sociabilidad”, uno de ellos podría tener comportamientos de mala persona, en situaciones concretas, y el otro, buenos comportamientos.
Por contra, el concepto de Competencias se basa en “comportamientos observables en un trabajo y una organización concreta”. Quizás, y sólo quizás, se podría extrapolar este pensamiento a la vida externa al trabajo. Una teoría del yo múltiple, defiende que, apoyarse en varios yo (mi yo trabajador, mi yo padre, mi yo hijo, etc) es bueno por que si un yo se cae, los demás yo defienden, sustentan nuestra vida, nuestra estabilidad mental, cosa que no ocurriría si sólo tuviéramos un yo. Tomando esto en cuenta ¿Por qué los comportamientos observables que determinan las competencias no podrían ser los de cada Yo múltiple, y así, diseñar un test para cada uno de ellos, según la cultura y el yo concreto? Creo que es un asunto de mucho interés.
Existen diversos modelos de Competencias Socioemocionales como el de Bizquerra y Pérez Escoda, que tras la revisión de diversas propuestas sobre el campo de las competencias, entienden las Competencias Emocionales como el conjunto de conocimientos, capacidades, habilidades y actitudes necesarias para comprender, expresar y regular de forma apropiada los fenómenos emocionales. Defienden que las Competencias Emocionales son un aspecto importante de la ciudadanía efectiva y responsable; considero que sus aportaciones podrían ser útiles de cara al diseño de pruebas sobre el tema tratado en este artículo. Los autores, entre otras Competencias incluyen: regulación de la impulsividad (ira, violencia, comportamientos de riesgo); tolerancia a la frustración para prevenir estados emocionales negativos (ira, estrés, ansiedad, depresión), Competencia para autogenerar emociones positivas: capacidad para experimentar de forma voluntaria y consciente emociones positivas (alegría, amor, humor, fluir) y disfrutar de la vida. Bienestar subjetivo: capacidad para gozar de forma consciente de bienestar subjetivo y procurar transmitirlo a las personas con las que se interactúa. Contribuir activamente al bienestar de la comunidad en la que uno vive (familia, amigos, sociedad).
Aprendiendo de este y de otros modelos de competencias, podría formarse un modelo sobre el cual crear una referencia para conocer cómo estamos de cerca o no, de, lo considerado, -por la mayoría, para cada contexto cultural, y para cada uno de los yo múltiple-, como “buena persona”.
Finalizando, quisiera añadir un dato interesante, la “neuroplasticidad” del cerebro explica el papel que desempeñan las relaciones sociales en la remodelación del propio cerebro. Las experiencias repetidas van cambiándolo en forma, tamaño y número de neuronas y conexiones sinápticas. Así, al insistir en un determinado registro, se moldean gradualmente ciertos circuitos neuronales. Por tanto, si nos sentimos, por ejemplo, emocionalmente cuidados por alguien y a lo largo de los años, cambian los senderos neuronales de nuestro cerebro.
Por último, decir que, evidentemente, he tratado en estas líneas un asunto muy delicado, pero que forma parte de los juicios que hacemos diariamente, y de las preguntas que algunos nos formulamos sobre en qué grado, sobre qué referencia y por qué, somos, o no “buenas personas”.