Pequeñas felicidades cotidianas. DAVID HERNÁNDEZ,
director de You Coach!
david@newsyoucoach.com
Hace poco mi amiga Aida me presentó una página que me resultó llamativa www.1000awesomethings.com, en ella su autor recoge diferentes situaciones o momentos de la vida cotidiana que nos dan pequeñas alegrías.
Despertó en mi tanto interés que no pude evitar mascullar para mis adentros ciertos pensamientos o creencias que tradicionalmente formulamos sobre la felicidad. Y es que hemos creado el mito de la felicidad como situación de trance, como un estado alterado de conciencia, como una experiencia límbica. La felicidad seria ese estado idílico, aparentemente en otra dimensión y en la que el cuerpo flota y nos sentimos pletóricos de confianza y seguridad. Desde ese punto de vista la felicidad se podría conseguir a golpe de opiáceo. La felicidad entendida a sí está condenada a durar unos segundos, minutos, tal vez con suerte algunas horas. Igual que, metafóricamente se dice que los árboles no nos dejan ver el bosque, la búsqueda compulsiva de esa felicidad consistente en una especie de alteración de la percepción y separación de la vida real nos puede impedir ver esas pequeñas “felicidades” de la vida cotidiana, que al fin y al cabo son las que ocurren de forma más frecuente. ¿Compensa centrar nuestros esfuerzos diarios y nuestra mente en la mitificación de un estado de cierta “enajenación mental”?. Por otro lado, parece existir una felicidad más “estable”, mas “sostenible”, con menos “aspavientos” , pero más perdurable: llevar una vida en la que satisfagas continuamente tus valores y te formules objetivos alcanzables (¡adiós al perfeccionismo!, a querer controlar todo y a querer ser los mejores en todo y por supuesto compararnos con los demás y sentirnos que estamos un poco por encima de ellos o por debajo de ellos). Creo que la verdadera felicidad debería llamarse “intrafelicidad” porque ocurre dentro de nosotros, sin compararnos con los demás, sino con nosotros mismos y tratando de mejorar esas cosas que nos pueden estar restando sentir una vida más plena.
Y entonces, en este estado, podemos salpicar nuestro día a día de las pequeñas felicidades que se nombran en la página web que les comenté anteriormente.
Me he creado una lista de cosas que al menos a mí me dan esos pequeños de estallido.
- Encontrar un billete de 5 euros en un pantalón que hace tiempo que no te pones.
- Que durante una conversación pronuncie tu nombre alguien que no imaginabas que lo supiera.
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Que encuentres caído detrás de la mesita de noche el bono de guagua que creías perdido.
- Que cojas un avión y no se siente nadie en tu fila (y puedas dormir perfectamente).
- El vaso de agua fresca que tomas al terminar de desayunar.
- Despertarte y al incorporarte para ir a trabajar darte cuenta de que es sábado.
- Cuando te enteras que en la próxima semana hay un día que es festivo.
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Cuando te dicen que estás más delgado/a o “me he acordado de ti”.
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Que un/a compañero/a de trabajo cumpla años te ofrezca que cojas un bombón de la caja que ha comprado para celebrarlo.
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Cuando te atreves a coger un segundo bombón y dejas de pensar en quedar como un “glotón”.
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Cuando lees un libro y apagas tu discurso mental una tarde entera.
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Cuando llegas a la parada del tranvía y lo ves aparecer al final.
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Cuando te despiertas y te das cuenta de que todavía son las 2 de la mañana y te quedan 5 horas de sueño.
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Cuando decides pese a que tu conciencia te pone trabas tomarte la tarde para ti: caminar, ir de compras, pasar.
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Cuando puedes darte el lujo de ir al cine un día entre semana a las 6 de la tarde.
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Cuando decides realizar esa llamada pendiente que tenías pendiente realizar.
- - Cuando miras un problema desde una perspectiva diferente y entiendes que “no es tan grave”.
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Cuando te puedes poner por fin ese pantalón que te quedaba estrecho anteriormente.
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Cuando alguien que no imaginabas que lo hiciera se acuerda de tu cumpleaños.
Vivimos en un mundo real y concreto, el pensamiento abstracto sobre las cosas se puede combinar perfectamente con nuestro comportamiento cotidiano. Este mes me he comprometido a tratar de ser menos abstracto y valorar aún más los pequeños detalles de la vida. Y para ello he decidido dar un paso: un pequeño paso para la Gramática pero un gran paso para mí: voy a dejar de escribir Felicidad, es decir, dejaré de escribirla con mayúscula y en singular. A partir de ahora irá en minúscula y en plural: felicidades. Creo que esta nueva forma de ver la vida me va a traer muchas felicidades.
Las olas de la mente. JESÚS CABEZA, Experto en Inteligencia y Competencias Socioemocionales
jmcabezagovea@yahoo.es
A veces resulta bueno ser espontáneo, y puede ser una manera saludable de desafiar la rutina, pero la conducta impulsiva negativa, actuando o reaccionando sin pensar demasiado, no es muy aconsejable.
La agresividad, no física, que casi todas las personas consideradas “normales”, realizamos diariamente, provoca que no sea mala idea pensar en su origen y en las armas que tenemos, o podemos tener, para vencer a estas reacciones, producto de nuestra impulsividad.
Respecto a esto, la importancia del autocontrol se encuentra presente en diversos modelos de Inteligencia Emocional, tan relevantes, como los de Salovey y Mayer (1990), Goleman (1995), Bar-On (1997), Salovey y Mayer (1997), Goleman (1998) o, en nuestro país, el modelo de Formación en Competencias Socioemocionales (FOSOE) de Repetto, E. (2009), independientemente de si se trata de un modelo mixto de Inteligencia Emocional, o de un modelo de habilidad. Controlar nuestros impulsos, ser capaz de regularnos emocionalmente, de tener autocontrol emocional y sofocar la agresividad es, sin duda, fundamental en nuestras vidas. No estaría de más analizar en qué aspectos de la “Rueda de la Vida”, por recordar una herramienta ya expuesta en números anteriores de esta revista, no alcanzamos nuestros objetivos, debido a la falta, sobre todo, o exclusivamente, del autocontrol emocional.
¿Son los demás, normalmente, los culpables de nuestras reacciones agresivas?, o quizás ¿Somos nosotros los que no podemos, ocasionalmente, controlar nuestra tendencia a la agresividad, aunque ésta no sea nunca física? Y, ésta tendencia… ¿Se puede llegar a controlar para siempre? o, ¿a veces sí, y otras veces no? Sería muy interesante conocer nuestra composición genética para aumentar nuestra información sobre nosotros mismos, y en este caso, parece que sí se puede.
Profundizando en el problema de la agresividad diaria, los factores neurobiológicos que contribuyen a que se desarrollen comportamientos violentos en los humanos, están siendo investigados. El investigador Meyer-Lindenberg, en un estudio del que se ha hecho eco el Instituto Nacional de la Salud Mental de Estados Unidos, intentó desvelar las claves del origen de la agresividad en los seres humanos.
Los genes pueden facilitar comportamientos complejos, como la agresión, porque actúan sobre las proteínas. Las enzimas, que son un tipo de proteína que se hallan presentes en nuestro cerebro, realizan la función de descomponer los elementos químicos en éste, en especial la llamada serotonina, que es un mensajero químico que permite a las células comunicarse entre sí. Existe un gen relacionado con la MAO-A (monoamino oxidasa), que es una enzima presente en diversas células del organismo humano. La variación genética en este caso afectaría al funcionamiento de la MAO-A, produciendo determinadas reacciones cerebrales anómalas. La MAO-A se encarga de degradar neurotransmisores como la dopamina, la noradrenalina y la serotonina, sustancias químicas de cuyo sutil equilibrio dependen la salud mental y las reacciones ante el estrés. Existen una variante débil “L” y otra más activa. La variante débil no cumple con la función de descomponer adecuadamente estas sustancias y por tanto, predispone a reacciones emocionales intensas que pueden provocar actos agresivos.
En el estudio, las personas con la variante débil, reaccionaban con emociones más intensas al ver rostros asustados o temerosos. También mostraban más dificultades para detener y reprimir patrones de comportamiento agresivos, al desarrollar menos actividad en los centros cerebrales correspondientes. Muchas personas violentas no pueden interpretar correctamente los gestos de los demás. Una sonrisa de aceptación puede ser vista como una risa maliciosa.
El gen débil predispone, pero, según los investigadores, el comportamiento agresivo es siempre una combinación de factores emocionales y cognitivos. Esto es, se puede predecir el riesgo genético de violencia, pero es imposible predecir si se va a dar el impulso o no. Otros factores resultarían más o menos importantes que la predisposición genética a la violencia, como es el caso del entorno, tal como han establecido anteriores investigaciones.
Pero, siendo cautos, y, ampliando información sobre este asunto, cabe decir que existe también la opinión de algunos expertos afirmando que, hasta donde se sabe actualmente, no puede haber un único gen de la violencia, que, probablemente son múltiples, y que la violencia siempre es el resultado de la interacción de las disposiciones hereditarias y de la influencia del ambiente.
Estas investigaciones son de mucho valor, dado que, además del interés por analizar las reacciones agresivas que la gente “normal” tiene en sus actividades diarias, recientemente, muchos estudios han relacionado la impulsividad con altos riesgos de tabaquismo, alcoholismo y drogadicción. Las personas que intentan suicidarse tienen altas puntaciones en las mediciones de impulsividad, al igual que las adolescentes con problemas alimentarios. La agresión, el juego compulsivo, los severos desórdenes de personalidad y el déficit de atención, se asocian con altos niveles de impulsividad.
Una potente combinación de genes y experiencias tempranas emocionalmente desorientadoras colocan a los individuos en situación de alto riesgo, al igual que ciertos instintos personales muy bien conocidos. Es obvio que los individuos dominados por sus impulsos suelen confiar en sus primeras impresiones de manera implícita y absoluta, en este sentido, la Inteligencia Intuitiva tiene, también, mucho que aportar.
Los investigadores de Meyer-Lindenberg realizaron estudios del cerebro de los participantes para medir el control de sus impulsos y hallaron que los hombres que tenían una variante común de MAO-A, conocida como "de alto riesgo", manifestaban una activación significativamente menor que los que tenían la versión "de bajo riesgo" del gen, en la parte del área prefrontal del cerebro, donde se origina la conducta reflexiva. Los participantes con el gen de alto riesgo también tenían déficit en áreas del cerebro destinadas a moderar la emoción, respaldando de este modo los hallazgos de estudios anteriores que revelaron diferencias semejantes relacionadas con los genes.
Estos déficits de regulación emocional predisponen a las personas a intensas reacciones emocionales en la infancia y las hacen más vulnerables a los traumas. Se crea, además, cierta propensión a actuar, a partir de esas emociones, en períodos posteriores de la vida. En este sentido, creo que casi todos admitimos, sin dudar, que tenemos mayor o menor capacidad para los deportes, o para estudiar, pero, es más difícil, para la mayoría, y sobre todo para uno mismo, asumir que hay una tendencia genética a la agresividad.
¿Cómo reaccionaremos ahora cuando nos encontremos con la emoción universal “ira”? ¿Serán nuestras reacciones agresivas culpa de los demás, o serán culpa de nuestra interpretación estándar de la situación, del momento personal, de nuestra educación, o simplemente, la culpa será de una gran carga genética que nos ha otorgado tendencia a la agresividad, la cual hemos desarrollado debido a la influencia de nuestro ambiente? ¿Qué influye más? Saberlo es importante.
¿Conocer qué gen tenemos es útil? En base a este y a otros estudios, parece que sí es un dato a tener en cuenta, según las últimas investigaciones sobre la llamada genética psiquiatra. Por que la influencia en nosotros de nuestro ambiente, ya la conocemos, ¿o, quizás no?
Lo cierto es que, el ser consciente del nivel de nuestra impulsividad nos debe llevar a prestar más atención a nuestra formación en autocontrol. A muchos de nosotros, probablemente no nos valga con el nivel alcanzado hasta ahora, esto es evidente hoy en día, y quizás necesitemos algo más. Quizás nos autojustifiquemos demasiado, en los comportamientos y gestos de los demás. Quizás, sencillamente, la influencia de nuestro gen débil, para determinadas situaciones, sea demasiada, para algunos.
El enfado parece ser el estado de ánimo más persistente y difícil de controlar, y es la más seductora de las emociones negativas debido a que el diálogo interno que lo alienta proporciona argumentos convincentes para justificar el hecho de actuar contra alguien. Provoca, además, según Góleman, energía y euforia.
Afortunadamente, existen, en mi opinión, la Inteligencia Emocional y también la Inteligencia Intuitiva, que todos podemos mejorar, para contrarrestar en la medida de lo posible, la posible influencia negativa de nuestras tendencias genéticas. Fijarse en las personas de las cuales percibamos un alto nivel en autocontrol emocional es también una buena fórmula para mejorar. Verlas reaccionar día a día ante las dificultades y cómo se autorregulan. La vida nunca deja de poner a prueba la capacidad de autocontrol emocional.
Apostar por los sentidos. ROSARIO CUBAS LEÓN, Psicóloga.
rosariocubasleon@gmail.com
Ando rezagada con esto de las vacaciones, y aún sabiendo que tenía una cita con los lectores de You Coach! en este mes, las actividades propias de la estación en que nos encontramos me ha hecho demorar al máximo la escritura de los siguientes párrafos. Con ello, las ideas sobre el artículo de hoy se han hecho de rogar y han llegado en forma de absurdos no dignos ni de reseñar en este momento. Sin embargo, la posibilidad de hablar sobre las vacaciones o los días de calor y playa me ha animado a referirme al abanico de sensaciones que experimentamos a diario y que pasamos por alto en el mayor de los casos.
No sé por qué, -bueno, quizá sí, por economía de procesamiento de información,-solemos estar centrados en inputs sensoriales externos a nosotros, prestando una atención minoritaria a los que tienen que ver con nuestro organismo y nuestro propio modo de reflejar y vivir en el mundo. Y todo esto lo menciono en relación a las vacaciones, porque este periodo alejado de las rutinas diarias suele permitirnos descubrir un abanico de sensaciones altamente gratificantes que, aunque de otra manera, también se dan durante el resto del año. En verano es frecuente tumbarnos al sol, disfrutar de salidas con amigos, tomar una copa, ser más receptivo a nuestros sentidos (gusto, tacto, vista,…)… Digamos que activamos nuestros sentidos para vivir, para sentir. Ante esto viene la pregunta de por qué dejamos de hacerlo para enfrascarnos en asuntos penosos o problemas sin fin. Mi idea es que se debe a que nos olvidamos de nosotros y de que podemos experimentar sensaciones placenteras en gran parte de las ocasiones. Nos volcamos en exceso en las demandas laborales, en los plazos, en las rutinas… y nos vamos encarcelando con un modo de hacer las cosas que a priori puede resultar muy organizado, pero adolece de sensaciones positivas en cada momento de nuestras vidas.
¿Quién no recuerda las vacaciones de infancia?, donde no había horarios sino libertad en tiempos, vestimenta, alimentos…! No es posible volver al pasado, pero considero que es una opción que corre de nuestra cuenta el hacer de cada día, independientemente del mes en que estemos, podamos elegir sentir sensaciones agradables. Oler un perfume, ver una película cómica, sentir un abrazo, o respirar aire fresco son sensaciones gratis que todos podemos experimentar, pues no se agotan. Pero claro, para eso hay que estar pendiente para atrapar esos momentos y no dejarlos escapar. La vida los ofrece; cada uno de nosotros los toma o los deja. Y realmente el sentir es volcarnos en el presente, lo que a su vez es la invitación más certera para disminuir o mitigar los efectos de otros estresores que conlleva el estilo de vida que tenemos.
No saber decir que no.
ANNA FORTEA, Consultora y alumna de la Certificación de Iesec Human.
anna.fortea@gmail.com
Soy una de esas personas a las que les gusta observar su entorno, analizar situaciones y sacar conclusiones.
Últimamente estoy observando tanto a otras personas, como a mí misma para analizar si, en general, somos asertivos o no.
La asertividad consiste en la capacidad que tenemos cada uno de nosotros para decir NO. Se caracteriza por la expresión directa de los propios sentimientos, necesidades, derechos legítimos u opiniones sin amenazar o castigar a los demás, y sin violar sus derechos.
Sin embargo, parece ser que en nuestra infancia alguien omitió deliberadamente enseñarnos a decir que no. Hemos sido educados para ser buenos y agradar a los demás.
Nos cuesta tanto decir que no por varias razones:
La primera y principal, es la búsqueda de aprobación, motivación que nos mueve a hacer gran parte de cosas a lo largo de nuestras vidas, como estudiar para que no se enfaden nuestros padres, hacer la cama para que piensen que somos buenos hijos, vestir o comportarnos de un modo concreto para que nos admitan en determinado círculo social, etc.
Otras razones que afectan a nuestra falta de capacidad para decir no serían la preocupación por ayudar a los demás a la espera de que éstos hagan lo propio con nosotros en el futuro, la evitación de las situaciones de confrontación, etc.
No saber decir que no supone entrar en un círculo vicioso del que resulta difícil escapar. Cada vez nos comprometemos a hacer más cosas: en el trabajo, en casa, en nuestro círculo de amistades... y ello nos provoca un grado de estrés innecesario. ¿Podremos mantener todas las promesas que hemos hecho? ¿Hasta cuándo vamos a poder sostener este ritmo? ¿Cómo priorizo entre todas las cosas que tengo que hacer? ¿Cómo se sentirá la gente si no consigo cumplir las promesas que les he hecho?
La asertividad, como el resto de habilidades sociales, es importante para lograr dos tipos de objetivos:
- Afectuoso: conseguir relaciones satisfactorias con los demás, estableciendo amistades y relaciones amorosas.
- Instrumental: realizar actividades con éxito en nuestra vida diaria, como comprar, vender, hacer entrevistas de trabajo, etc.
La respuesta asertiva se caracteriza por un contacto ocular directo, un tono de voz en la conversación adecuado, un habla fluida, gestos firmes, respuestas directas a la situación, manos sueltas, mensajes en primera persona y verbalizaciones positivas.
Al poner este tipo de conducta en práctica, es normal que sintamos cierto malestar o ansiedad, pero será mucho más fácil si la próxima vez que alguien os pida que os olvidéis de vuestras prioridades, valoráis el coste que esto tendrá en vuestro tiempo, proyectos e intereses personales. La mejor manera de aprender a decir "no" es empezar a practicarlo. Para esto os voy a proponer un ejercicio que sólo durará 24 horas, durante las cuales digáis que no a cualquier oferta o petición que no os interese. Una vez transcurridas estas 24 horas, comprobad cómo os sentís y qué ha pasado. ¿Os han abandonado vuestros amigos? ¿Os ha dejado vuestra pareja? ¿Habéis perdido vuestras relaciones familiares?
Una vez realizada esta prueba, veréis que las consecuencias no son tan graves como habíais pensado y, por el contrario, os sentís mucho mejor. A partir de ese momento, es bueno practicar a diario, primero ensayando en situaciones de bajo riesgo, en las que estéis convencidos de vuestro derecho a decir que "no". Así iréis cogiendo la confianza necesaria para ejercitar este derecho en situaciones más difíciles.
Recordad que la asertividad hay que aprenderla poco a poco, ya que no es algo que nos hayan enseñado del mismo modo que cualquier otra práctica que sea más común, se nos ha educado a la inversa, pero está demostrado que no ser asertivo conlleva problemas, sobre todo para la persona que no ha aprendido a serlo y se carga innecesariamente con los lastres de los demás, dejando de lado su propia vida.
Practiquemos la asertividad, siempre desde el respeto hacia los demás, pero nunca olvidándose de uno mismo. Os insto a contarme vuestras experiencias conforme vayáis practicando.
Un saludo, y hasta la próxima.