Intuyo que hoy es el fin.
Salgo de las sombras a pasos imperceptibles. A pesar del frío disfruto de estos últimos momentos, sintiendo el abrazo del silencio. Me siento en otra dimensión. Poco a poco veo luz, muy tenue, cada vez más presente. Avanzando con pisadas cortas pero firmes. Percibo que hay cambio de guardia. A lo lejos comienzo a oír otro tipo de ruidos.
¡Me cuesta tanto moverme! Ahora que lo pienso, siempre me ha molestado sobremanera mi velocidad. En realidad la falta de ella, para ser más exactos. Mis pasos son tan cortos y tan lentos que me resultan bochornosos. Y no es que sea por falta de piernas. Siempre fue lo mismo al compararme con otros, no ya de diferente clase, sino de los míos. Lo cierto es que, según me repitieron hasta la saciedad desde pequeño, yo era lento. Mis hermanos eran más rápidos. Mis primos eran más rápidos. ¡Qué podía hacer sino llegar a la conclusión más obvia!: no puedo hacer nada por cambiar. Yo soy así.
Ahora reconozco que en otro tiempo, parece que en otra vida, tan lejano me parece todo; abrigaba la esperanza de ver pasar el mundo más veloz delante de mis ojos, de poder vivir en un mundo distinto. Sin embargo, me rendí ante la evidencia. Además supuse que si los demás me lo repetían con tanto ahínco algo de verdad debería de haber en todo eso y quizás era yo el que me equivocaba. De alguna manera abandoné mi sueño y mis ideas sobre la velocidad. La rapidez y yo estábamos reñidos.
Aunque debo de confesar que durante un tiempo pensé que en contra de todo y de todos, si lo deseaba con la suficiente fuerza y hacía algo por conseguirlo, quizá también yo lograría ser más rápido… Es decir, ser como el resto. Eran mis momentos de felicidad. Ahora no sé si fue el exceso de crédito que le di a las palabras de los demás o la ausencia del mismo a las mías o si simplemente, y sin ser consciente, me instalé en mi comodidad, lo cierto es que abandoné mi sueño. Tenía miedo: mejor dejar las cosas como estaban, para no sufrir. ¿Y si no lo lograba? ¿Y si los demás se reían? Y si acababa consiguiéndolo, ¿qué haría? Durante mucho tiempo me engañé a mi mismo pensando que lo más sensato era no trastocar el sutil equilibrio sobre el que giraba mi pequeño mundo. Por miedo a sufrir, por miedo al rechazo, por miedo a empeorar las cosas. Decidí afanarme en otras empresas para entretenerme y no tener que soportar el malestar. Ese fue el fin… ¿o fue acaso el comienzo?
Creo que empezó cuando tuve el valor de reconocer que estaba más quejumbroso que de costumbre. Hice acopio de coraje para cuestionarme, con una voz mezcla de miedo y de vergüenza me pregunté ¿sería acaso yo y no los demás por lo que las cosas iban así? No sabía entonces que es lo que estaba pasando, pero el mundo había dejado de ser el paraíso apacible por el que, a pesar de todo, se habían ido arrastrando mis días. Con placidez. En orden. Sin sobresaltos. Sin estar ni vivo ni muerto. Sobreviviendo. Fue cuando noté que comenzaba a salir de mi anestesia mental. No sé bien ni como explicármelo. No podría decir que fue exactamente lo que comenzó a moverse pero la verdad es que empecé a descubrir el mundo de otra manera. Es como si sostuviera una lupa y a través de ella estaba viendo detalles que hasta ese preciso instante me habían pasado desapercibidos pero que sin embargo habían estado ahí todo el tiempo. Ya no me servían las excusas que había utilizado para empujarme a través del tiempo. Decidí tomar las riendas.
Ahora me encuentro poco atractivo, más feo que de costumbre. Extremadamente aletargado. Este cuerpo cada día me acompaña menos. En otro tiempo habría dicho ‘soy un desastre’ ahora sé que algo grande se avecina. De alguna manera comienzo a sentirme más ligero. Estoy a punto de salir de esta cárcel que cada vez me resulta más pequeña.
Silencio.
Mi voz ha cambiado. ¡Demonios no solamente mi voz! ¿Dónde están mis patitas y mi cuerpo gordito y rechoncho? ¿Qué es esto que me sale de la espalda?
– ¡Mira papá qué mariposa tan bonita, qué alas tan magníficas llenas de luz y qué mezcla de colores, son mágicos! ¡Date prisa que se va rápidamente!