Una vida en sincronía . DAVID HERNÁNDEZ, economista, psicólogo, coach, director de formación de International Coaching School y director de You Coach!
david@iesec-human.com
Cada vez estoy más seguro de que la auténtica felicidad depende de la forma en la que nos relacionamos con el tiempo. Mucha gente (creo que demasiada) confiere aún un valor extremadamente importante al dinero como soporte sobre el que se asienta nuestra verdadera armonía. No pretendo restarle a importancia a este factor, sobre todo porque necesitamos un mínimo de dinero para satisfacer nuestras necesidades más inmediatas ( alimentación, ropa, vivienda, etc..) para que la aventura de la felicidad no se nos plantee como una empresa difícil de abarcar. Sin embargo, le concedo más importancia a la forma en que empleamos nuestro tiempo como determinante final de nuestro nivel de bienestar subjetivo. El dinero se dice que va y viene. ¡El tiempo se va, pero nunca…nunca viene!
Considero que una de los obstáculos principales que tenemos en la actualidad es nuestra incapacidad para asociarnos al tiempo presente. De jóvenes nos centramos con mucha frecuencia en el futuro (Cuando trabajé, me independizaré y haré lo que me da la gana, tendré dos hijos, me compraré ese coche, etc..). Por otro lado, en la vejez las personas se suelen centrar en el pasado (todos hemos tenido un abuelo “cebolleta” que nos recuerda constantemente la guerra de Cuba).
En edades intermedias solemos caer en la trampa de la hiperactividad, el estrés nos invade y mientras estamos frente al ordenador en el trabajo anticipamos lo que tenemos que hacer cuando lleguemos a casa, lo que nos corre prisa en la oficina, la reunión del miércoles, etc..
El resultado de esto es bastante evidente: ausencia de presencia mental y la consiguiente alienación respecto al momento presente. Nuestro cuerpo se encuentra aquí y ahora pero en nuestra mente en el pasado o en el futuro, es decir, no nos encontramos viviendo mentalmente el presente.
Conozco a pocas personas que sean capaces de vivir el momento presente y a casi ninguna que hagan con su tiempo lo que quieren. Esto se refuerza por el hecho de que albergamos la ilusoria sensación de que si no estamos pensando constantemente en un problema que nos afecta no vamos a poder superarlo.
Sobre el tiempo se han generado una verdadera colección de creencias. Una de las más comunes es “No tengo tiempo”. Esta sentencia requiere urgentemente una matización: Si tienes tiempo, como todo el mundo, 24 horas diarias, otra cosa es que no le des el uso que te gustaría darle.
Hemos generalizado además la creencia de que entre semana no hay tiempo nada más que para el trabajo, el cuidado de los niños y demás “obligaciones” familiares (¿acaso no se ha elegido voluntariamente tener hijos y formar una familia?)
De esta forma se genera la profecía autocumplida: como no hay tiempo suficiente y además como entre semana pareciera que está prohibido disfrutar ya que tengo que dedicarme a la familia (es curioso pensar como se crea la dicotomía entonces: disfrutar versus familia) es inútil que haga nada para gestionar mi tiempo, así que no lo haré y conseguiré el resultado que mis expectativas anticipaban: no tengo tiempo para hacer lo que quiero..
El tratamiento del tiempo requiere, debido a la enorme cantidad de creencias que anida, un especial análisis por parte de cada uno. ¿Cómo puedo gestionar mi tiempo? ¿Cómo puedo garantizar tener más presencia mental en mi presente? ¿De qué me sirve tratar de anticipar el futuro o recrearme en el pasado si ya no tiene solución? ¿Qué actividad/acontecimiento/hábito puedo tratar de incorporar entre semana a mi vida que sea compatible con mis COMPROMISOS, (que no obligaciones) familiares? ¿Qué seguridad o ganancia pierdo si a partir de hoy comienzo a preocuparme menos por el futuro?.. Y sobre todo …¿de qué manera me esta sirviendo el preocuparme por el futuro a tener una vida más satisfactoria?.
Las respuestas a estas preguntas nos generarán nuevos modos de actuación, nuevos hábitos, una felicidad más asequible y todos los beneficios que puedan derivarse de una vida en sincronía.
El arte de complicarse la vida. CARMEN CHÁVEZ, colaboradora de You Coach!
carmenchavezy@yahoo.es
La corriente filosófica del “pensamiento positivo” me parece una estafa. Yo cuestiono qué es exactamente ser una “persona positiva”; quién lo dice y cómo se practica. Me pregunto cuál es el interés de un tipo de crecimiento personal dedicado a mantenernos en guerra constante contra nuestra persona. Lo digo porque este tipo de textos convergen en intentar convencernos de lo siguiente: “Algo en TI, no funciona bien”… y así agudizamos la eterna lucha contra nuestra conciencia en la que nos perdemos en múltiples batallas por el resto de nuestra vida.
Todos mis pensamientos forman parte de mí y los acepto como vienen. Las ideas útiles y menos útiles sobre las reflexiono, modifico, desecho etc, a lo largo de un día, son también las que me permiten ser la que observa mis pensamientos. No trato de asesinar mis pensamientos, entiendo que los menos útiles me permiten identificar cuáles son los miedos sobre los que trabajar. Por lo tanto, y desde mi experiencia, todos los pensamientos son consentidos.
Lo mismo ocurre con el asunto del Ego. En latín, EGO significa “YO”; coloquialmente se entiende como el nivel de aprecio que sentimos por nuestra persona, y aquí la literatura es aún más retorcida. No comprendo por qué iba a tener el mínimo interés en aniquilarme. Es como pretender encender una luz restándole el brillo.
Pienso que existen otras palabras para definir la soberbia, la mezquindad y la prepotencia propias de quienes se comportan de manera arrogante, vanidosa, tacaña y pedante.
Aunque no contentos con el intento de exterminio del Ego surge una propuesta todavía más maquiavélica: “pedirme perdón”…. supongo que como resultado de ser una persona presuntamente engreída, caprichosa e inconsciente. Es terrible describir desde este estado de vulnerabilidad a nuestras conciencias. Sólo aceptándonos, descubriendo y enfrentando nuestros miedos, podemos salir de esta terrible identificación.
Me siento feliz de comunicar que mi ego forma parte de mí, al igual que mis pensamientos más y menos útiles. Que no estoy en guerra contra nada de lo que existe en mi interior y que desde ese estado de aceptación he encontrado las herramientas que me permiten ser cada día YO misma. Una luz a la que no le preocupa su brillo.
Día a día. MERCEDES ARAÚJO. Alumna de la Certificación Profesional de International Coaching School. Ejecutiva de publicidad y responsable comercial.
ralos80@hotmail.com
Una vez leí el relato: “Las dos ranas y el cubo de nata”. Trataba de dos ranas que accidentalmente caían en un cubo de nata.La primera rana decía “no puedo más esto no vale la pena, por mucho que agitemos nuestras ancas nunca lograremos salir de aquí; no merece la pena el esfuerzo”. Repetia la frase una y otra vez; hasta que dejó de luchar y se hundió en la nata. La segunda rana sin embargo, no estaba dispuesta a perecer en semejante situación y decidió que hasta que no lograra salir no dejaría de moverse. Se esforzó y se esforzó convencida de que lo lograría, hasta que de tanto batir las ancas la nata se convirtió en mantequilla y se puso tan dura, que la segunda rana logró salir fuera del cubo de un salto.
Como decía E. Burke: “ Nadie comete un error tan grande como aquel que no hace nada porque sólo podría hacer muy poco” Muchas veces vivimos en la profecía autocumplida de nuestras propias limitaciones, creemos que no vamos a ser capaces, nos invaden los pensamientos restrictivos, por qué vamos a cambiar si sabemos que no lo lograremos. En esta situación siempre se vive en un dilema negro, toda alternativa es mala, no hay ninguna buena, nosotros mismos nos paralizamos ante cualquier posibilidad de cambio, eso de “más vale malo conocido que bueno por conocer”, ha hecho mucho daño en nuestra cultura.
Debemos ser conscientes de que todo cambio para salir de alguna situación que no nos deja realizarnos es duro, hay que definir a donde queremos llegar, cómo, cuando y con quién muchas veces, pero sobre todo debemos estar mentalizados de que es un camino; la propia meta del cambio es el camino que andamos todos los días en esa dirección; pero no es fácil, hay que ser constantes y dedicarnos en cuerpo y alma. Las personas con éxito son las que deciden como quieren dirigir sus vidas.
Todos y cada uno de nosotros nos merecemos lo mejor, no debemos conformarnos, hay que seguir buscando alternativas hasta conseguir la que nos hace sentirnos felices y realizados. Y una vez que la tengamos definida ir a por ella, y saber que hay que disfrutar de esa “lucha” diaria contra nosotros mismos hasta conseguirla, porque sólo así creceremos como personas y lograremos salir de nuestro propio cubo de nata.
Las grandes lecciones. MARÍA LOURDES FRANQUEZ, Human Resources Asociate, United States Postal Service
mfranquez@bellsouth.net
¿Quién no se ha visto frustrado en algún momento y ha maldecido ciertos aspectos de su vida o ha lanzado improperios dirigidos a esta vida injusta que nos priva muchas veces del éxito codiciado? Cuantas veces no hemos herido la sensibilidad de nuestros seres queridos haciéndoles objeto de nuestro maltrato verbal, un mal gesto, o una mirada de desdén? Sin duda alguna es un patrón de comportamiento en el que resulta fácil caer si no formamos un hábito consciente de controlar nuestros “prontos”. Cuando actuamos de esta forma agresiva estamos tirando la toalla. Si no podemos expresar nuestros pensamientos de una forma adecuada, si gritamos, rompemos cosas, damos portazos, etcétera estamos admitiendo el no tener control sobre una situación, nos convertimos en un juguete de las circunstancias que nos rodean, nos convencemos de que somos víctimas del destino y de que no tenemos la habilidad de ejercer ningún tipo de influencia sobre nuestro medio. A veces es cierto, no podemos controlar lo que nos sucede pero al actuar de una forma impulsiva, violenta o agresiva, estamos perdiendo la oportunidad de enfocar lo que nos ocurre con un ángulo de visión mucho más claro. La enajenación siempre nubla la razón, estamos demasiado concentrados en nuestra “perreta”, en ese juego de la auto-compasión, en alimentar esa vocecita interior que dice en tono quejicoso…”pobre de mí, nada de lo que hago resulta….” En estos días en los que la economía parece castigar a casi todos los países desarrollados, me tropecé con una cita que se le atribuye al maravilloso pero ya desparecido Albert Eistein. Mas o menos dice asi: “…La creatividad nace de la angustia como el día nace de la noche oscura. Es en la crisis que nace la inventiva, los descubrimientos y las grandes estrategias. Quien supera la crisis se supera a sí mismo sin quedar superado. Quien atribuye a la crisis sus fracasos y penurias, violenta su propio talento y respeta más a los problemas que a las soluciones...”
Partiendo de la lectura de dicha cita es obvio que el talento de Einstein iba más allá de las matemáticas y las ciencias aplicadas. Sin duda alguna poseía un conocimiento innato sobre la naturaleza humana y sobre como muchas de nuestras limitaciones son creadas por nosotros mismos. Nos guste o no, lo cierto es que los momentos difíciles son los grandes maestros porque es a través de estos que podemos extraer valiosas lecciones. A nadie le gustan los problemas, todos evadimos el sufrimiento y buscamos la felicidad, pero nunca es demasiado tarde para “desaprender” los hábitos dañinos que entorpecen nuestro aprendizaje y desarrollo como seres humanos. Hemos de volver a programarnos para actuar de otro modo ante las crisis… Ante todo es importante que no sacrifiquemos la solidez de nuestra red de apoyos afectivos en nombre de un “pronto” o de una “perreta”. En vez de maldecir los problemas, pensemos más bien que se nos presenta la oportunidad de aprender algo nuevo y concentrémonos en salir airosos, ser mejores, más fuertes y más resistentes.
El peor riesgo no es correr ningún riesgo. JAVIER CARRIL Coach y socio director de Execoach.
javier.carril@execoach.es
Desde el momento en que nacemos, aprendemos muchas cosas a toda velocidad, como reír, caminar o comer. Y para aprender, cometemos muchos errores...Sin embargo, a los niños no les preocupa equivocarse, se arriesgan una y otra vez hasta que consiguen lo que quieren. Por este motivo, el ritmo de aprendizaje de esta etapa de la vida es más veloz que nunca. De hecho, jamás volvemos a aprender a este ritmo. ¿Por qué? Porque experimentamos, probamos, nos arriesgamos, nos equivocamos, aprendemos de los errores y volvemos a intentarlo con insistencia. Cuando vamos creciendo, sin embargo, determinadas experiencias de la vida van cerrando nuestro entusiasmo por arriesgarnos y aprender. Quizá un injusto castigo de un profesor, tal vez un desengaño amoroso, o la traición de un amigo íntimo...son experiencias que nos han producido dolor, y que no queremos volver a repetir. De esas experiencias seguramente aprendimos que pagamos un alto precio por arriesgarnos, el precio del fracaso, el castigo, el dolor, la soledad...
Es más que probable que los medios de comunicación colaboraron mostrándonos una imagen agresiva y hostil del mundo, y posiblemente algunas personas de nuestro entorno alimentaron insconscientemente ese miedo. Después, en nuestro trabajo y vida de adultos, nos arriesgamos poniendo en práctica nuevas ideas y chocamos contra la forma tradicional de hacer las cosas, y fracasamos...y somos castigados por ello (despido, marginación), lo cual nos lleva a cerrarnos todavía más al riesgo y al aprendizaje.
Como decía el escritor y prestigioso profesor de Standford John Gardner: “A la mitad de nuestra vida la mayoría llevamos en la cabeza un agobiante catálogo de cosas que no tenemos intención de volver a probar porque las hemos intentado una vez y hemos fracasado...o lo hemos hecho peor de lo que nuestra autoestima exigía.” Esto nos limita, nos reduce a un círculo muy pequeño de unos pocos amigos, de un núcleo familiar cada vez más reducido, de un trabajo estable en el que nos sentimos seguros. Nos hemos hecho cómodos, hemos creado nuestra zona de confort, nuestro pequeño refugio. Y este refugio nos impide aprender, crecer, arriesgarnos. Y lo peor es que, en muchas ocasiones, no nos damos cuenta de haber llegado a ese estado, es más, proclamamos que estamos más o menos satisfechos con nuestra vida, nos resignamos a hacer el trabajo que no nos gusta hacer y nos excusamos con nosotros mismos echando la culpa a las circunstancias de la vida. Hemos perdido nuestra esencia, o como dijo Gardner: “Somos consumados fugitivos de nosotros mismos”.
Yo también era hace unos años un fugitivo de mí mismo en muchos aspectos. Y el coaching abrió mi perspectiva, encendió muchas luces dentro de mí, me ayudó a desaprender y a volver a aprender de nuevo, a experimentar, a probar, a arriesgarme. Y ahora, después de aplicar el coaching a mi vida personal y profesional, tengo la sensación de que he vuelto a mí. Y realmente merece la pena.
Por eso, desafío siempre a mis clientes para que se arriesguen y pierdan el miedo al fracaso y a los errores, ese miedo que tantas veces nos paraliza, porque el peor riesgo que se puede correr es precisamente no correr ningún riesgo, quedarse petrificado y conformarse.
Todos podemos hacerlo, todos podemos saltar los obstáculos y vencer los miedos que nos bloquean, todos somos capaces de abrir nuestro campo de visión, descubrir nuestro verdadero potencial, mirar nuestros errores y fracasos del pasado con una nueva perspectiva de aprendizaje. Todos podemos ser la persona que queremos ser, y hacer lo que deseamos hacer. Y todos podemos cambiar lo que no nos satisface de nuestra vida. De hecho, sólo nosotros podemos cambiarlo. No podemos culpar a nada ni a nadie de ello. Nosotros somos los únicos responsables de nuestra felicidad o infelicidad.
Sé que es duro escuchar esta afirmación. Sin embargo, es el primer paso para la felicidad y el éxito: reconocer y asumir nuestra responsabilidad para diseñar nuestra vida.