
Hoy ha sido un día normal. Un día normal en todos los sentidos y no por ello le doy menos valor, al contrario. La noche anterior nada me alteró el sueño, ningún vecino vociferó, no se produjo ningún terremoto y los perros del vecindario mantuvieron un respetuoso silencio. Tuve un sueño verdaderamente reparador. Por la mañana, me desperté descansado y llegué a tiempo a la oficina. Encontré asiento en el tranvía nada más subirme. En el trabajo ningún sobresalto me hizo perder la calma, y pude hacer el almuerzo a la hora de siempre. Por la tarde, más de lo mismo: tranquilidad absoluta. La conexión a internet no me falló y pude navegar el tiempo que quise, encontré la información que buscaba y ninguna página me dio error. Me sumergí de lleno en algunas lecturas que encontré francamente interesantes.
Luego saqué a los perros, que no se pelearon con ningún otro perro, ni se disparataron al cruzar el paso de peatones ni enredaron las cadenas entre sí.
Ya de anochecida fui al garaje. La puerta eléctrica funcionó a la perfección y el coche no tenía ni la rueda pinchada ni rota la caja de cambios. No encontré en la carretera más tráfico del normal, ni los semáforos en rojo duraron más de lo habitual. Fui a la avenida de Anaga a caminar durante media hora. No me torcí el tobillo. Ningún ciclista se salió del carril bici, ni hizo peligrar mi integridad física por un atropello. Al llegar a casa me duché, como siempre. El gas no se había acabado, por lo que tuve una ducha adorablemente caliente. El pijama estaba en su sitio, no perdí tiempo buscándolo. Sobre la mesita del dormitorio el libro que estoy leyendo, con la marca en el mismo sitio en el que lo dejé anoche. Retomo la lectura gustosamente antes de volver a tener, seguramente, otro sueño reparador.
Nada parece haber sido especialmente excepcional en el día de hoy. Tal vez tampoco lo deseaba. Y sin embargo ha sido un muy buen día. Tal vez porque no he tenido la expectativa que nada venido del exterior me fuera a hacer de forma sorprendente y revolucionaria la vida más o menos interesante. He tenido el día que tal vez había previsto (y deseado), ni más ni menos. La felicidad, según mi punto de vista, suele ocurrir así, en la cotidianidad de las pequeñas cosas. Así es más estable y duradera. Las felicidades "súbitas" que nos vienen de fuera no están bajo nuestro control e igual que "vienen" se pueden "ir". Me gusta más lo normal y tranquilo, una felicidad concreta y duradera, la de todos los días, sin estridencias ni alharacas.